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LAGUNDU

Sheve, ¡je suis mort...!

Sheve, ¡je suis mort...!
Las altitudes máximas de cada macizo han ejercido siempre un atractivo especial para el montañero. La historia del alpinismo se inicia con las tentativas al Mont Blanc, al igual que en el Himalaya las primeras incursiones sólidas en cotas extremas se dirigen a las laderas del Everest.

En el continente americano, el Aconcagua es el rey y su debatida altitud, rozando los siete mil metros, le convierte en la tierra más elevada del planeta, a excepción de los picos de las cordilleras asiáticas.

Habían pasado más de setenta y seis años desde que el guía suizo Mathias Zurbriggen completara en 1897 la primera ascensión a la cumbre del Aconcagua, cuando el 22 de enero de 1973 un hombre menudo y ya entrado en años desembarcaba en los muelles del puerto de Buenos Aires.

El tolosarra Sheve Peña no había divisado el estuario del Plata con la incertidumbre que lo hicieran miles de emigrantes y exiliados vascos a lo largo de la historia. Al descender del trasatlántico “Cabo San Roque”, los objetivos de su viaje eran tan dispares como sorprendentes en un hombre de 65 años recién jubilado: conocer a su madrina de 92 años, que había partido de Tolosa poco después de nacer él, y subir al cerro Aconcagua hasta el que ningún vasco se había acercado todavía.

Durante la travesía por el océano, Sheve había entretenido al pasaje y a los oficiales con el relato de sus experiencias alpinas en el Atlas de Marruecos, en el Damavand iraní, en el Ararat turco. Quizás también les había referido aquella travesía agónica de la Cuatro Catedrales de 1953.

En ese repaso de vivencias, el tolosarra había puesto un énfasis especial al recordar su ascensión, cinco años antes, al Kilimanjaro. Desde 1930, año en que Andrés Espinosa había llegado solo y sin apoyos a esta montaña, ningún otro vasco había visitado montaña. La presencia de Sheve en la cumbre más alta de África, había tenido en ese momento el carácter simbólico de enlace entre el pasado y el presente. El proyecto de ascender al Aconcagua, constituía, en cambio, un intento de tender un puente hacia nuevos horizontes desde quien, como él, había visto nacer el montañismo vasco.

El 31 de enero Peña aterriza en Mendoza, la capital andina. Lo acompaña otro tolosarra, José Luis Zuaznabar. Cuatro días después, ambos llegan al balneario abandonado de Puente del Inca, al borde del paso que atraviesa los Andes hacia el Pacífico. Antes de partir hacia la montaña les llega una noticia desalentadora: dos norteamericanos acaban de perecer mientras ascendían al techo andino.

Se abre ya ante ellos la inacabable Quebrada de los Horcones marcando la ruta hacia el pedestal de la montaña. El valle es desértico. Ni un brote de vegetación en las laderas. Los colores contrastados de las gravas volcánicas que las cubren aportan la única variedad cromática al entorno. Todo se les antoja árido e inquietantemente nuevo.

Todavía no han caminado mucho, cuando, tras una vaguada, se quiebra la muralla de la cordillera y pueden contemplar por primera vez la mole del Aconcagua. Ven glaciares colgantes escalonándose sobre una inmensa pared vertical: es la cara sur; otro mundo, otra montaña diferente a la que ellos pretenden. Pero miran a lo más alto y saben que es hasta allá arriba a donde tendrán que subir.

Los torrentes bajan demasiado crecidos de las quebradas a causa del deshielo. Esa tarde va a ser imposible cruzar a la otra orilla por el vado de Confluencia. Habrán de esperar al día siguiente y atravesar el cauce a lomos de las caballerías de los soldados que acarrean sus cargas más pesadas.

Acampan allí mismo. La incertidumbre y el fragor de la corriente alborotada no les dejan dormir. Se cuentan tantas historias macabras de aquella montaña. La última, la de aquellos dos pobres americanos que han debido perecer abatidos por el frío en las alturas.

Al atardecer del 5 de febrero alcanzan el emplazamiento de Plaza de Mulas. Apenas hay nadie. Tendrán que pasar muchos años hasta que las aglomeraciones afecten también al gigante de los Andes. Únicamente encuentran a dos franceses. Son Roger Itord y Jean Claude Briffaut y dentro pocos días sus destinos van a entrecruzarse con el de Sheve de una forma impensable.

Como le ha ocurrido en sus anteriores experiencias en grandes altitudes, el tolosarra se habitúa con rapidez a la carencia de oxígeno y en pocos días siente su organismo con las fuerzas necesarias para intentar la ascensión.

“El 14 de febrero, miércoles, a las nueve de la mañana, salimos Roger y yo, con buen tiempo, del refugio Berlín, a 6000 metros. Nuestro propósito era tratar de ascender a la cumbre y descender el mismo día al punto de partida”.

Cuatro horas después llegan al destartalado refugio de Independencia Argentina. Están a 6700 metros de altitud y pueden ya recorrer con la vista el temible tramo de la Canaleta.

Saben los dos que en aquella pendiente, engañosamente próxima, se han vivido situaciones agónicas y alucinaciones increíbles.

Acometen la subida. El tiempo está empeorando. Un paso dado en aquel acarreo inestable supone casi siempre el retroceder otro. Sheve asciende lentamente, con una cadencia regular. Roger se va retrasando. ¡Courage, Roger!, le anima el vasco. Pero el francés no puede. La distancia entre ambos es cada vez más amplia. El tolosarra ha remontado casi en su totalidad el inacabable pedregal que da acceso al punto más alto del Nuevo Mundo. Mira hacia abajo: Roger se ha rendido. Son la siete de la tarde.

El aspecto del tiempo es cada vez más inquietante y el temible viento blanco amenaza con desatarse. “Estaba viendo que tendría que vivaquear. Intenté buscar un rincón protegido para resguardarme al regreso”. Se encuentra en línea de los 6900 metros. Ningún vasco ha subido nunca tan alto. Tiene la victoria próxima, casi al alcance de la mano, pero hay un instinto que le dice que debe darse la vuelta. “Fue como una inspiración divina. Renuncié a la cumbre que veía tan cercana y opté por descender. Fue mi salvación. De haber continuado, hubiera muerto congelado”.

Casi oscurecido, llega al cobijo de Independencia. No es más que una casucha sin techo ni puerta, llena en su interior de nieve. No tiene saco. Tendrá que aguantar toda la noche en cuclillas. El termómetro que lleva ha bajado toda la escala hasta su tope inferior de 25º C bajo cero. La temperatura real debe de ser mucho más baja.

Las horas no pasan. Parece que no amanecerá nunca. ¿Se habrá parado el sol?. Nunca hasta entonces ha pasado una noche tan aislado y en circunstancias tan precarias. Sus anteriores experiencias nada tenían que ver con la que estaba viviendo en las alturas del Aconcagua.

Con la primera luz inicia el descenso hacia los refugios de Berlín y Plantamura. Allí encontrará a Itord dispuesto a partir de nuevo hacia la altura, esta vez solo. Sheve le intenta disuadir. El francés está resuelto. Finalmente, accede a acudir a su encuentro a la cabaña de Independencia para apoyarle en el descenso.

“A las nueve de la mañana del día 16, jueves, salí del refugio Berlín. Para la una de la tarde había llegado de nuevo a Independencia. En el interior estaba el saco de dormir de Roger. Pensé que no tardaría en volver, pero las horas fueron pasando sin que diera señales de vida”.

A media tarde, el tiempo describe uno de los cambios brutales que han hecho temible a esta montaña: los rayos fracturan con estruendo el cielo y un velo espeso de nieve empieza a abatirse contra las laderas: es el viento blanco.

Ya está oscuro. Peña sale del refugio. Nadie. Llama a gritos a su circunstancial compañero de aventura, pero su voz se la traga el huracán. Ni Roger ni nadie podría sobrevivir en medio de aquella tormenta. El tolosarra se acomoda como puede en el mísero cobertizo. Se mete en el saco del francés sin quitarse siquiera las botas. No puede hacer nada: sólo esperar al amanecer.

Pasadas las once de la noche, el tolosarra percibe un movimiento en el exterior. En la puerta, como surgido de otro mundo, se ha materializado la silueta de un espectro blanco.¡Roger!. ”Me incorporé y pude ver una figura impresionante cubierta de hielo que sólo acertó a balbucear: “Je suis mort...”.

Sheve intenta desesperadamente hacerle reaccionar. “Le quité la ropa helada, le metí en su saco y pasé la noche dándole fricciones para devolverle el calor”. Al punto del alba, el veterano montañero desciende a buscar ayuda que haga retornar al francés al valle de la vida.

Las noticias de los acontecimientos que están viviéndose en las alturas del Aconcagua llegan rápidas a los periódicos de Mendoza: “Témese por la vida de un andinista francés”, titulan. Algún noticiario le dará incluso por muerto. Mientras tanto, Sheve Peña está siendo descendido a lomos de un mulo con las manos y los pies congelados. Ya no contempla con interés el paisaje yermo de la Quebrada de los Horcones. Sólo quiere que se acabe aquel calvario, pero Puente del Inca está todavía lejos.

El día 21 de febrero es evacuado camino del Hospital Militar de Mendoza. Cinco días más tarde, en la habitación en la que se encuentra ingresado, se va a vivir un pasaje emocionante. Roger Itord, que ha podido ser finalmente rescatado de su cárcel de hielo, acude a visitar a Sheve. En la estancia se encuentra José Luis Zuaznabar, compañero de expedición del tolosarra en el Aconcagua, junto a algunos residentes vascos como el ilustre médico, euskalzale y profesor universitario Justo Gárate, la hermana Gema, monja de Ataun, y el sacerdote Roque Mendizábal de Arrasate. A todos se les va a hacer un nudo de emoción en la garganta cuando el andinista francés abrace a Sheve diciéndole: “Tú has perdido la cumbre, pero has salvado a un hombre...”.

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