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DOS ABRAZOS EN EL COLLADO SUR

DOS ABRAZOS EN EL COLLADO SUR

JUAN IGNACIO LORENTE, EL LÍDER

El 20 de marzo falleció en Gasteiz, a los 82 años de edad, Juan Ignacio Lorente Zugaza,  el líder que encabezó una generación que llevó al montañismo vasco desde las paredes de Atxarte a la cumbre del Everest. 

DOS ABRAZOS EN EL COLLADO SUR

Estaba avanzado el 15 de mayo de 1980. En Euskal Herria se estaba todavía celebrando el ascenso de Martín Zabaleta a la cumbre del Everest, conocido la tarde anterior. Sin embargo, las horas transcurridas desde que el hernaniarra y Pasang Tenba pisaran las nieves más altas del mundo habían sido de angustia en las laderas de la montaña. El vivac extremo que los dos montañeros se vieron obligados a realizar a 8700 metros había puesto un nudo en la garganta en todos los miembros de la expedición vasca. Uno de ellos, el líder de la misma,  Juan Ignacio Lorente, se encontraba en esos momentos en el campamento del Collado Sur. Poco más arriba de este de este punto, en la mañana anterior, el alavés se había despedido con un abrazo de Martín, resignado a no poder continuar el ascenso hacia la cumbre. El separarse, Juan Ignacio le había transmitido un consejo, que era al mismo tiempo un ruego: “Ten cuidado…”.  Y se quedó allí solo, siguiendo con mirada triste a los que proseguían la ascensión, consciente de que se estaba esfumando su vieja aspiración de alcanzar la cima del Everest.

Mientras en todos los rincones de Euskal Herria se seguían descorchando botellas de champán, el transcurso de las horas de aquella noche y del día siguiente pesaron como plomo en los campamentos de la expedición vasca. A través de las noticias de los talkies llegaba la esperanza de que los dos náufragos de los hielos estaban descendiendo lentamente hacia la salvación del Collado Sur. Juan Ignacio aguardaba allí comiendo en solitario su ansiedad. Era ya casi de noche, cuando la silueta tambaleante de Martín se definió entre la oscuridad creciente.  Lorente salió a su encuentro hasta fundirse con él en un abrazo emocionado. El hernaniarra llegaba destrozado, pero con una sonrisa triunfante. Entonces Juan Ignacio percibió que aquel momento irrepetible, de una intensidad infinita, era el colofón  soñado para toda una vida como la suya dedicada a la montaña.

 ANDANDO POR LOS ANDES

Mientras al día siguiente descendía hacia el Campo Base, Lorente tuvo tiempo de visionar en su pensamiento, como si de una película de su propia vida se tratara,  muchos de los momentos que había disfrutado y sufrido en la montaña a lo largo de sus cuarenta años. Fugaces fueron pasando los vivacs heladores en las paredes de Ordesa, las vivencias en los Alpes y, especialmente, la extraordinaria experiencia de la primera expedición vasca a los Andes en 1967. Entonces él también era el líder del grupo. No lo pasó bien cuando le afectó el mal de altura, pero, como había ocurrido ahora en el Everest, el éxito del grupo era lo importantepara un líder: ascendieron tres cimas vírgenes y aprendieron mucho. Tanto que, poco tiempo después, ya empezaron a soñar, nada menos, que con el Everest.

Era el año 1971 y sobre expediciones al Himalaya lo tenían todo por conocer. Paso a paso fueron descubriendo el camino, entonces muy poco transitado, hasta que,  a finales de febrero de 1974,  la recordada expedición Tximist aterrizaba en el entonces misterioso Katmandú.  También esta vez, Lorente encabezaba el grupo.

LA ANTENA POLACA

Todo era nuevo para ellos: las costumbres, la comida, los sherpas, las religiones y, sobre todo, la grandeza de las montañas: Ama Dablam, Lhotse, Pumori… , una lujuria de potencia mineral.  Y, finalmente, detrás de ellos, sobre ellos, el gigantesco Everest.

Qué pena que les faltaran a Rosen y a Uriarte aquellos cuatrocientos metros para haber dado un enorme salto en nuestra historia. Pero, con la frustración del trabajo inacabado, regresaron con ganas de volver a intentarlo.

Hubo que esperar nada menos que seis años, para poder volver al aeropuerto de un Katmandú ya menos misterioso.  Unos eran veteranos, otros jóvenes, pero el líder volvía a ser Lorente.

Muchas cosas seguían siendo iguales, pero otras habían cambiado. Esta vez en el Campo Base se asentaban otras  expediciones y había hasta una antena de radio de los polacos. La misma que unas semanas más tarde iba a lanzar al viento del Himalaya la noticia de que, esta vez, la expedición vasca había logrado llegar a lo más alto.

Ya quedaba poco para volver al Campo Base. La traidora Cascada de Hielo, al igual que los temores al fracaso, quedaban para siempre atrás.  Lorente pensó entonces con satisfacción lo mismo que quizás haya pensado ahora al irse para una nueva expedición: misión cumplida.  

 

Noticia relacionada: https://emmoa.eus/es/noticias/72/adios-a-juan-ignacio-lorente

 


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