SIGUIENDO A BONATTI EN EL DRU

SIGUIENDO A BONATTI EN EL DRU
Dos días han pasado los vizcaínos Ángel Landa y Pedro Udaondo montados sobre una moto de 125 cc, con las mochilas pegadas a la espalda como unas jorobas de lona. Apenas se acuerdan de andar cuando en la tarde del 31 de julio de 1961 ponen pie en el suelo de Chamonix y se dirigen sin perder tiempo a la estación del tren de Montenvers.

No es la primera vez que llegan a la capital alpina. El año anterior lo habían hecho de forma más cómoda, como parte del grupo preseleccionado para formar parte de la primera expedición española a los Andes. Entonces, junto a José Mari Regil, habían ascendido al Grépon por la fisura Knubel e intentado la vía Bonatti-Ghigo del Grand Capucin, de la que una tormenta les había despachado sin miramientos. Ahora Regil debía de encontrarse en algún lugar de la cordillera Blanca de los Andes y ellos camino del vivac de Rognons, al encuentro de la aguja del Dru.

Sólo hablar del Dru infunde respeto. En esa lanza de granito, que se desprende de L´Aiguille Verte buscando su propia personalidad, estaban midiendo sus capacidades y sus prestigios las mejores firmas del alpinismo del momento. Bérardini, Dagory, Lainé y Magnone habían trazado en 1952 un itinerario lógico y elegante en la cara oeste, pero Bonatti pensaba que el verdadero problema de esta aguja estaba todavía por resolver. “A la montaña perfecta le falta todavía la ruta perfecta”, había manifestado en más de una ocasión. Cuando en agosto de 1955, al tercer intento y tras seis vivacs en solitario, el guía italiano dejaba trazada su fantástica vía en el pilar suroeste, todo el mundo supo lo que quería decir.

Landa y Udaondo les han preguntado a unos franceses que iban camino de la Nant Blanc si el pilar Bonatti precisaba de tacos de madera para las fisuras y han creído entenderles que no. Confiados en el dudoso testimonio, al preparar las mochilas para partir de madrugada, deciden dejar allí los tacos para aligerar peso.

Las cuatro de la mañana es para los alpinistas como las cinco de la tarde para los toreros: momento de miedos inconcretos; trance en el que los fantasmas de la noche se esfuman y sólo queda la realidad tangible del desafío escogido.

Se meten en el inquietante corredor que termina cuatrocientos metros más arriba y que da acceso a la base del pilar. Este lugar no le gustó ni a Bonatti, que en su intento definitivo lo evitó descendiendo desde la brecha de Les Flammes de Pierre. Ellos serán de las últimas cordadas que opten por recorrerlo en su integridad, arriesgándose a que cualquier desprendimiento de las alturas se encajone por la canal en la que están metidos.

No están solos: tras ellos asciende una cordada de austriacos. Les vendrá bien la compañía, porque cuando han examinado las fisuras se han dado cuenta de que no están equipadas. Y sus tacos en el refugio...

Hacen un trato con los austriacos: los alpinos irán por delante equipando la ruta y ellos recuperando el material. Cuando a las seis de la tarde los vascos se acomodan en una mala repisa para vivaquear están derrengados.

La noche no se presenta cómoda: han dejado abajo el hornillo de gas por la obsesión de evitar peso y el alcohol sólido que han traído para calentar agua se ha descompuesto. Sólo cuentan con una vela para fundir nieve en el vaso de aluminio. Se exasperan antes de poder obtener unas pocas gotas de líquido y no les queda más recurso que intentar dormitar para obviar el tiempo inmóvil de la noche.

Se apretujan el uno contra el otro con los pies metidos en una bolsa de plástico.

Ángel y Pedro llevan mucho tiempo formando cordada. Juntos han completado la primera invernal al Naranjo en 1956 y forzado la impactante ruta de la Canal del Pájaro Negro en Peña Santa en 1958, la pieza más codiciada por los escaladores de Picos de Europa.

La cordada vizcaína se había apuntado otras muchas primeras que le había dado prestigio entre los escaladores de todo el país; pero nunca hasta entonces el dúo Landa-Udaondo se había embarcado en un empeño de semejante compromiso. Bonatti había abierto esta ruta en 1955, cuando todavía ellos andaban aprendiendo a escalar en Atxarte. Mucho habían tenido que aprender o su audacia era enorme para que seis años después, se encontrasen colgados de aquella repisa intentando seguir los pasos del legendario guía italiano.

La siguiente jornada la pasan avanzando por las fisuras y diedros del pilar. Los austriacos se han adelantado. Por detrás vienen dos alemanes que también les superan. El reloj no funciona y escalan hasta que anochece sin saber la hora en que viven. Qué más da, si quien manda es la luz del sol.

Se acurrucan en una pequeña plataforma, un largo por debajo del lugar mejor protegido en el que vivaqueó Bonatti. No tienen nada para fundir la nieve, ni tampoco que comer. Para empeorar todavía más su situación, en las primeras horas de la madrugada empieza a nevar. La nieve que no pueden beber les empieza a cubrir los plumíferos y a humedecer el cuerpo.

Es su tercer día en aquel espolón inacabable. Al completar el primer largo se encuentran con una sorpresa inesperada: los alemanes les aguardan con una tartera de té caliente, que beben con la avidez de un náufrago del desierto.

Por señas y medias palabras deciden continuar juntos hacia arriba. La niebla les cerca y sólo en un claro fugaz pueden comprobar que los austriacos están ya bajando.

Es el mediodía del 3 de agosto cuando los dos vascos y sus compañeros improvisados alcanzan la cima del Petit Dru. “C´est fini”, dice uno de los alemanes. Han completado la decimonovena repetición del Pilar Bonatti.

Ahora hay que bajar. Las fuerzas están escasas y los alemanes vuelven a adelantarse. Ángel y Pedro no conocen el camino de descenso e intentarán seguirles mientras puedan. No será por mucho tiempo. Los alemanes marchan más rápido que ellos. Sólo les queda la referencia del rastro que han dejado en la nieve para mantener la ruta.

Está ya asentada la noche. Caminan a oscuras mientras pueden, cada uno por su lado, apurando las pocas fuerzas que les quedan. ¿Qué ha sido eso? Se detienen. Prestan atención. Es una voz. ¿Quién puede gritar en aquella soledad glaciar?

Prestan atención. Creen entender que dice “Hilfe....” (socorro, en alemán). La llamada de auxilio se repite una y otra vez con una cadencia sobrecogedora en el silencio agrietado del glaciar. “Hilfe...”.

Pasan las horas espesamente. El misterioso lamento ha callado hace rato. Los fantasmas de la tragedia del pilar de Frêney, que ha ocurrido hace tan sólo un mes, deben de andar rondando por allí como chovas nocturnas. Udaondo y Landa, separados entre sí, esperan a que amanezca para seguir descendiendo. El cielo se ha despejado en la frontera del alba y la helada ha convertido las cuerdas en cables inmanejables. Por fortuna, están en la vertiente sur y el sol vendrá pronto en su ayuda.

Cuando desciendan al glaciar, encontrarán atado a una clavija el cuerpo sin vida de uno de los componentes de la cordada alemana. Era él quien pedía con desesperanza ayuda en medio de la noche.

Al refugio de la Charpoua llegan casi arrastrándose, pero allí no hay nadie y, lo que es peor, nada que se pueda comer. Mientras bajan hacia Montenvers se van a cruzar con las patrullas de la gendarmería, que suben a rescatar el cuerpo del alemán.

La gente en el tren les mira. Parece que vuelven de una batalla: demacrados, sucios, hambrientos. Pero, en cualquier caso, es una batalla que han ganado.

Bonatti escribiría: “La empresa solitaria del Dru tuvo el efecto inmediato de ensanchar los horizontes de mi concepción alpinista, haciéndome entrever metas y previsiones demasiado avanzadas para aquel tiempo, caracterizado por medios muy limitados...”.

Para Landa y Udaondo el Dru de Bonatti había sido, asimismo, el cruce de una frontera decisiva en sus carreras como alpinistas, la confirmación del potencial de una cordada perfecta y también el prólogo de su ruptura definitiva.

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