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LAGUNDU

VUELVEN LAS MARCHAS

VUELVEN LAS MARCHAS
Tras el paréntesis cruel de la guerra civil, había que recuperar muchos hábitos extraviados en un tiempo de silencios, panes oscuros y cartillas de racionamiento. Bajo esos condicionamientos resulta admirable la capacidad de iniciativa que demostraban los clubes alpinos vascos, que debían de dirigir sus actividades lúdicas a una sociedad todavía convaleciente del drama vivido.

Las dos ediciones de marchas de larga duración del Bilbao Alpino Club, celebradas en los años previos a la guerra, estaban en el recuerdo de los montañeros del Fortuna de Donostia que habían participado en ellas. Para trasladar la experiencia a Gipuzkoa no había pues que inventar nada, sino, simplemente, seguir los esquemas puestos entonces en práctica en las montañas cercanas a Bilbao.

LA BANDERA ROJA DEL FORTUNA

Hubo, sin embargo, una intervención que resultó decisiva. El tolosarra Pantxo Labayen, que aparece como impulsor en tantas otras iniciativas, fue el que transmitió a los fortunistas los ánimos, el apoyo y hasta la sugerencia del recorrido para que pusieran en marcha una travesía montañera al estilo “Peñalara”. Se fijo para la experiencia la fecha del 13 de julio de 1941 y, siguiendo también las indicaciones de Labayen, el itinerario que se dispuso partía de Usurbil y tenía su remate en el estadio de Berazubi de Tolosa.

La aceptación de la convocatoria desbordó a los propios organizadores. Nada menos que 108 montañeros, “entre los que destacaban los elementos del sexo femenino”, se dispusieron a recorrer los 35 kilómetros de la primera edición de una marcha que iba a acumular más historia que ninguna otra en Euskal Herria.

La inhabitual dureza de la travesía hacía que los organizadores tomasen también cautelas extraordinarias. Se dirigieron con este objeto al responsable del desaparecido Sanatorio Antituberculoso de Andatzarrate, por cuyas inmediaciones tenían que pasar los marchadores, “a fin de garantizar un rápido socorro a los participantes en caso de accidente, esperamos que, en una situación de necesidad, podamos recurrir a la amabilidad del personal a sus órdenes”. La dirección del hospital, enclavado en lo alto de un puerto de montaña, respondió positivamente, asegurando “la presencia de un facultativo y de personal auxiliar mientras durase el paso de las patrullas”.

Había también que controlar otros aspectos muy a tener en cuenta en el momento que se vivía: “Los participantes deberán ir cubiertos, por lo menos, con camisa o camiseta y un pantalón que, de ser corto, deberá llegar hasta la rodilla”.

La jornada de la marcha resultó un éxito, tanto para organizadores como para participantes. Las 36 patrullas que iniciaron la andadura consiguieron arribar entre la expectación popular a las pistas del estadio tolosarra de Berazubi. “Constituyó un espectáculo vistoso y simpático para el numeroso público congregado en él, que con su aplauso premió a los participantes, muy especialmente a las señoritas”. Y fue una señorita, la fortunista Emilia Martín y sus compañeros de equipo Raimundo Mendiburu y Eduardo Laya los que ocuparon el primer puesto en la clasificación.

En los años siguientes se sucederían las ediciones y también las elevadas respuestas participativas, que incluso superaron en 1944 los dos centenares. Entre los equipos había algunos de procedencia atípica en el mundo alpino, como las patrullas militares del Regimiento de Zapadores o del Batallón de Transmisiones emplazados en Donostia. Y es que en los reglamentos era obligada la inclusión de una cláusula que rezaba: “Podrán concurrir, siempre que estén autorizados por sus jefes, el Frente de Juventudes de F.E.T. y de las J.O.N.S, así como patrullas militares y de los cuerpos de policía”.

A los organizadores fortunistas les surgían, además, otros problemas adicionales derivados de las especiales características de sus trazados. En la edición de 1949, que iba a unir a través de caminos de montaña Legorreta y Azpeitia, tuvieron que dirigirse al párroco del pueblo para que adelantase la misa a las 7 de la mañana y los marchadores pudieran cumplir con sus obligaciones religiosas. El final en Azpeitia también ofrecía problemas, aunque de otra índole: hubo que gestionar el retraso de la salida del autobús para que lo pudieran alcanzar vizcaínos e eibarreses.

La política del régimen y la religión católica subordinaban todas las actividades sociales y también las montañeras. Valga como ejemplo que la travesía del año 1944 le costó al Fortuna una sanción de un año y medio de inhabilitación, que posteriormente fue anulada, por no identificar a todos y a cada uno de los participantes en la marcha, como era preceptivo.

Asimismo, la edición de 1946, prevista para el 2 de junio, con un recorrido entre Hernani y Tolosa, tuvo que ser aplazada hasta el domingo siguiente a causa de la coincidencia con el Congreso Eucarístico de Gipuzkoa que se iba a celebrar en Donostia ese mismo día.

Pero quizás, la anécdota más ilustrativa sobre las extremos recelos del momento que se vivía fue la acontecida en 1942, cuando, tras la conclusión de la travesía sobre un itinerario entre Astigarraga e Irun, en la secretaría del Fortuna se recibía un oficio amenazante del gobernador civil pidiendo explicaciones sobre “las razones por las cuales en el control establecido en el monte Bianditz se fijó una gran bandera roja con las iniciales GMU, que, al aparecer, fue colocada por un grupo excursionista de Rentería”.

Tres años después del final de la guerra, una bandera roja, aunque fuese el distintivo del Grupo de Montaña Urdaburu, que se había ofrecido a colaborar en el citado control, ponía en alerta las suspicacias de las autoridades. Pocos días más tarde, el propio gobernador civil se dirigía al Urdaburu “con el requerimiento de que sea cambiado el color de la referida bandera y, en adelante, se cuiden estos detalles en evitación de que se repitan casos como el de referencia”.

En Bilbao, donde en los años previos a la guerra habían surgido las primeras experiencias de marchas reguladas, también se esforzaban el recuperar las sendas perdidas. En 18 de abril de 1943 el Club Deportivo Bilbao anunciaba la celebración de “un ensayo de marcha regulada”, en el que se iba a poner en práctica un original sistema de control de las patrullas.

El itinerario discurriría por la sierra de Ganguren, desde el Gallo hasta Deusto y se anunciaba la puesta en servicio de un tren especial para los participantes. A la convocatoria respondieron cerca de cuarenta patrullas, “algunas de ellas integradas por señoritas de la Sección Femenina del Club y otras mixtas, lo que dio mayor realce a la prueba”.

Pero esta iniciativa no fue sino el prólogo de otra organización más ambiciosa como era la que para el 23 de mayo del mismo año anunció en la misma capital vizcaína bajo el nombre de I Circuito Bilbao Alpino Club. El itinerario era de mayor entidad – unos 30 kilómetros- y en el punto de salida se alinearon 180 montañeros venidos algunos de Cantabria y Guipúzcoa, “los cuales quedaron satisfechísimos de las atenciones recibidas”.

A lo largo del recorrido, que se iniciaba en Basurto y discurría por Ganeta, Pagasarri, Santa Marina, Artxanda y concluía en Deusto, se establecieron controles donde “un nutrido grupo de bellas señoritas de la popular entidad alpina fue encargado de repartir los obsequios en los controles fijos”.

Tras la prueba, la prensa no regateo elogios a los organizadores de la marcha, a la que calificó de “grandioso éxito”.

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