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La Norte del Cervino

La Norte del Cervino
Un vasco, ocho japoneses y un hornillo austríaco.

A las tres de la mañana del 20 de agosto de 1969, tres cordadas entraban en la gran pendiente de nieve y hielo inicial de la cara norte del Cervino. Era un equipo extraño: sólo uno de sus nueve componentes no era japonés. Quien ponía el exótico contrapunto al equipo nipón era un vasco al que habían conocido casualmente en Chamonix unas semanas antes. Se trataba de Felipe Uriarte.

La cara norte del Cervino a la que se iban a enfrentar había sido escalada por primera vez muchos años antes. En 1931, los bávaros Franz y Toni Schmid llegaron a Zermatt pedaleando desde Munich y de esa misma forma regresaron a su casa tras haber superado la primera gran cara norte de los Alpes.

Habían tenido que pasar 38 años para que un alpinista vasco acometiera aquella escalada. Sin embargo, el tiempo transcurrido desde entonces no había hecho sido reforzar el mito de aquella gigantesca muralla, que junto a las de las Grandes Jorasses y del Eiger formaban una trilogía legendaria en la historia alpina.

Divididos en tres cordadas, los escaladores iniciaron la ascensión envueltos en la oscuridad de la noche, avanzando entre los hielos como luciérnagas extrañas. “La primera mitad de la gran pala inicial, cubierta de nieve, la remontamos encordados y todos a la vez, a la luz de los frontales. Yo iba armado con mi nuevo piolet de mango de madera, un Charlet Mosser modelo Mont Blanc. Todos llevábamos un puñal de hielo como segunda herramienta”, relataba Uriarte.

Hacia la una del mediodía las tres cordadas se encontraban ya bajo los desplomes del gran espolón que desciende de la arista de Hörnli. “El terreno era difícil y nuestra marcha perdió velocidad. Más arriba entrábamos en la parte media de la pared. Delante de nuestra cordada se abría un corredor difícil por el que caían piedras. La cordada de Takei estaba ya al otro lado. Nos gritaban algo que no entendíamos”.

Dudaron. No se atrevían a cruzar el corredor. Se quedarían a vivaquear allí mismo. El alpinista guipuzcoano recordaba que “el terreno era muy escarpado y no conseguíamos encontrar un rellano suficiente. Isao, que era portador de una mochila llena de sorpresas y una sonrisa inmensa, sacó una hamaca de red. La instalamos con dos pitones en cada extremo. Al atardecer estábamos los tres sentados y metidos en nuestros sacos”.

Al abrigo del desplome de la pared, la noche iba a discurrir tranquila. “Aunque no pudimos hacer agua, la intensidad del momento en nuestros corazones de alpinistas inexpertos nos permitía no sentir ni hambre ni frío. ¡Estábamos en la Norte!”

Al amanecer cruzaron con cautela el comprometido corredor. Por encima de ellos, la primera cordada les transmitía señales de ánimo. “Ascendíamos en ligeras y constantes travesías hacia la derecha. El tiempo se mantenía bueno, por lo que escalábamos tranquilos. Tan tranquilos que la tarde nos pilló todavía al comienzo del tercio superior”.

Los nueve alpinistas se reunieron para preparar su segundo vivac en la norte del Cervino. Y entonces salió de una mochila otra sorpresa: un hornillo que habían comprado los japoneses. Era austríaco, funcionaba con gasolina, y sería la única fuente de calor con la que iban a contar los alpinistas a lo largo de toda la escalada. “No nos fue difícil a cada cordada limpiar una pequeña repisa para poder sentarnos. Fantástico: pasaríamos la noche sentados, dentro de nuestros sacos y haciendo agua en el hornillo de vez en cuando”. Sobre sus cabezas, el tiempo se mantenía estable y todos sentían ya la cercanía de la cumbre”.

Tercer amanecer. Las tres cordadas se ponían de nuevo en marcha remontando la parte superior de la pared. “La encontramos bien tapizada de nieve, que sellaba las piedras sueltas características de este tramo”.

Hacia las 9.30 de la mañana del 22 de agosto los ocho japoneses y el vasco fueron saliendo a la cumbre italiana. Unas cordadas italianas llegadas de la arista de Lion les recibieron con aplausos. “Todos estábamos felices, eufóricos. Éramos unos jóvenes que queríamos ser alpinistas y allí estábamos, en la cima del Matterhorn, tras haber surcado su cara norte en una travesía lenta, pero técnicamente correcta”.

Descendieron casi corriendo por la arista de Hörnli. “Íbamos desencordados, rebasando a las cordadas que subían o bajaban, cordadas que nos lanzaban miradas de desaprobación, miradas que nosotros lo aceptábamos con una sonrisa que ocultaba nuestro íntimo secreto: bajamos de la Norte. ¡Somos alpinistas!”.


Fotos:
-Portada: la imponente cara norte del Cervino.(A. Iturriza)
-Felipe Uriarte con uno de sus compañeros japoneses (archivo F. Uriarte).
-Hornillo austriaco utilizado en la escalada donado a EMMOA por F. Uriarte.
-Felipe Uriarte donando a EMMOA el hornillo (17/09/2019)


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