LAGUNDU

ENCRUCIJADAS EN EL K2

ENCRUCIJADAS EN EL K2
Desde la ascensión de Abrego y Casimiro en 1986, ningún otro alpinista vasco había regresado a la cumbre del K2.

Estuvieron en varias ocasiones a punto de conseguirlo. En 1987, Juanjo San Sebastián y Martín Zabaleta, junto al castellano Ramón Portilla, alcanzaron los 8350 metros siguiendo la ruta hasta entonces inédita del espolón SSE, que años más tarde concluiría otro grupo vasco.

Dos años más tarde, volvieron a intentarlo Martín y Juanjo, en esta ocasión por el espolón de los Abruzzos y de nuevo se verían obligados a ceder, esta vez después de llegar a 7300 metros. Hasta el límite de la cota ocho mil, pero en la vertiente norte, habían llegado en 1993 los hermanos Iñurrategi, apoyados por un grupo de alpinistas del valle de Leintz. Entonces, la empresa patrocinadora de la expedición había publicado un anuncio asumiendo y compartiendo públicamente la decisión de los alpinistas. “El cielo puede esperar”, proclamaba el lema publicitario afirmando un mensaje que un año después iba a adquirir toda su significación.

Se iniciaba el verano del 94. Tres grupos de montañeros vascos acamparon al pie de vertientes opuestas del K2. Entre ellos nueve de los himalayistas más activos del momento en Euskal Herria. Por el norte, Juanjo San Sebastián regresaba por cuarta vez a la montaña que se había convertido en la encrucijada de sus destinos. Con él se encontraban Iñaki Otxoa de Olza, José Carlos Tamayo y Atxo Apellaniz, encuadrados una vez más en los proyectos del programa de TVE “Al filo de los imposible”.
Por el sur, al pie del espolón SSE que el propio Juanjo había intentado seguir hasta la cumbre siete años antes, acampaban los hermanos Iñurrategi, Juanito Oiarzabal y Kike de Pablo. A poca distancia de ellos, montaban su campo base Josu Bereziartua y el catalán Juan Tomás, que pretendían seguir la ruta original del espolón de los Abruzzos.
Los actores estaban ya en sus lugares. Todo estaba dispuesto para que se pusiera en escena un guión que bien podía haber sido suscrito por un escritor rebosante de imaginación.

EN LA NOCHE DE SAN JUAN

En las plazas y en las puertas de los caseríos de Euskal Herria ardían las hogueras solsticiales. Noche de San Juan, la de los conjuros mágicos de origen inquietantemente lejano, la del triunfo renovado de la luz sobre las sombras.

A medianoche, en el desolado collado del Hombro del K2, en la frontera de los ocho mil metros, se ha encendido también un fuego. Las llamas azuladas de los infiernillos derriten con lentitud la nieve, mientras los montañeros se preparan con parecida parsimonia para partir hacia la cumbre. Hasta allí han subido muy rápido. Sólo hace 28 días que llegaron al campo base. Ahora les queda lo más duro.

Hacia las dos de la madrugada se descorren las cremalleras y cinco sombras se perfilan en el contraluz de la luna llena. Crujen los crampones en el hielo; en el aire se escuchan las respiraciones fatigadas de un aliento que se hiela al instante.

Quienes están quebrando la soledad glaciar de las alturas del K2 son Alberto y Félix Iñurrategi, Juanito Oiarzabal, Kike de Pablo y Juan Tomás. El catalán se ha unido a ellos tras el abandono por una lesión de quien iba a ser su compañero de cordada en la ruta de los Abruzzos, el azpeitiarra Josu Bereziartua.
En medio de la oscuridad, el vizcaíno Kike de Pablo empieza a percibir las sensaciones de una vivencia que se presume irrepetible: “El universo está tranquilo, ensimismado, inmovilizado, como un cristal. Subimos lentamente y en un profundo silencio sobre la nieve dura”.

Dicen que en Euskal Herria, en la mañana de San Juan, el sol sale bailando por el horizonte. En los glaciares del Karakorum, hacia las cinco de la mañana el rey astral asoma con una lentitud solemne, ajeno a festejos que le son lejanos. “Ha amanecido de forma radiante y espléndida, como si fuera el primer amanecer del mundo. El estrechamiento o Cuello de Botella es muy empinado con resaltes rocosos y helados. Al flanquearlo por la derecha, puedo ver a Alberto comenzando a atravesar por debajo del serac y enseguida parándose inseguro a despotricar por el hielo existente bajo la nieve blanda”.

El terreno se ha tornado delicado. Miran y miran hacia arriba. La pendiente no se acaba.
Kike y Félix se encordan; lo hacen también Juan Tomás y Juanito. Alberto va por delante. Calculan que les queda una hora. Se engañan. Va a transcurrir mucho más tiempo antes de que puedan llegar a la cima. A Juan Tomás se le está haciendo eterno: “Tres horas y alguna falsa cima. Después encuentro un rellano y me duermo unos minutos. Cuando despierto no sé qué hacer: quedan 50 metros, pero ¿para qué seguir? No le veo ningún interés ¡Se está tan bien aquí sentado disfrutando del paisaje...!”
Han pasado trece horas desde que salieran del campamento cuando llegan al tope de los 8611 metros. Son las tres de la tarde. El cielo esta limpio, solsticial; el viento, inerte. Es día de San Juan. ¡Felicidades Juanito!

A través de Euskadi Irratia transmiten en directo su estancia en la cumbre. Juanito ha hablado con Sara, su mujer. La madre de los hermanos les ha enviado un beso. Los satélites conseguían el milagro de que los sentimientos subieran mucho más alto que ellos mismos. Tenían razón quienes lo habían predicho un año antes: el cielo había podido esperar.

Inician el descenso. Saben que muchos han pasado angustias en ese trance. Para ellos tampoco va a ser fácil. “Alberto grita exasperado: «Esto parece un cursillo». Juanito va en cabeza de cuerda, nos va pidiendo más metros para llegar a lo alto de la chimenea del Cuello de Botella, donde habíamos hablado de montar un rápel...”.
El sol está buscando ya los perfiles del horizonte. Desperdigados, rendidos, van llegando con las últimas luces al cobijo de las tienduchas del collado. Kike se ha quedado el último: “Para cuando llego al final de la cuerda es de noche. La gente ha ido desapareciendo y los tintineos del material, crujido de crampones y voces variadas se van esfumando en la oscuridad. Ha vuelto de nuevo el reino de lo tranquilo y apacible. Las estrellas brillan al principio con fuerza pero quedan enseguida eclipsadas por la luna, que va iluminando mi tranquilo descenso por las pendientes endurecidas existentes bajo el Cuello de Botella”.

Al amanecer, el viento empieza a zarandear las tiendas. Durante la noche, la montaña ha cerrado con niebla los paisajes. El camino de retorno se ha convertido en un agujero blanco. Sólo tienen equipada la parte baja de la ruta, hasta 6800 metros. El K2 les está mostrando su hasta ahora oculta cara hosca. Pero van a conseguir escapar bajando por un camino por el que hasta entonces nunca nadie había llegado a la cumbre. Juanjo y Martín estuvieron a punto de lograrlo siete años antes.
Unos y otros habían contribuido a que, el que había sido llamado Espolón Cesen, a partir de aquel día de San Juan empezase a ser conocido como The basque ridge.

(Iñurrategi Anaiak «K2, cinco visiones de una ascensión». Gure Himalaya. P125-128)

ENCUENTRO CON EL DESTINO

En esos momentos, Juanjo San Sebastián se encontraba al otro lado de la montaña. En la vertiente norte. Era su cuarta tentativa al K2 y acudía a ella cediendo a un impulso interior. “Tenía la necesidad de cerrar un capítulo de mi vida, sin dejar la más mínima posibilidad de que, alguna vez, pudiera arrepentirme, no de lo que he hecho, sino de lo que he dejado de hacer”.

Además de Juanjo, en el campo base se encontraban José Carlos Tamayo, Atxo Apellaniz e Iñaki Otxoa de Olza. Ramón Portilla y el argentino Sebastián de la Cruz completaban el grupo del programa “Al filo de los imposible”, de TVE.

La historia de lo que sucedió en los semanas siguientes iba a construirse como los bertsos de nuestros improvisadores: de atrás hacia delante, del final al inicio.
Y el inicio no pudo tener un desarrollo más prometedor. El 30 de julio, José Carlos Tamayo y Sebastián de la Cruz completaron uno de los ascensos a la cima más rápidos y limpios que ha conocido la segunda elevación de mundo desde la cara norte. Once horas emplearon en subir a la cima desde el campo IV y cinco tan sólo en regresar al mismo. Con su ascenso, Tamayo, uno de los aventureros más brillantes y discretos del alpinismo vasco, dejaba marcada una referencia nueva en la historia de la montaña: hasta entonces nunca se había ascendido en la misma temporada al K2 por sus dos vertientes. Y, por una más de esas convergencias siempre aparentemente casuales del destino, habían sido vascos los protagonistas de ambas escaladas.

Javier Ortega, el guionista habitual del programa hubiera tenido con esos elementos material suficiente como para trenzar un guión rebosante de interés ensalzando la belleza de aquella montaña y el arrojo de los alpinistas. Pero la última estrofa del bertso, la que marca la clave del mensaje rimado, estaba todavía por escribirse.

Unos días antes del alarde técnico y físico de José Carlos y Sebas, el navarro Iñaki Otxoa de Olza había tenido que abandonar el campo base con el cuerpo molido a golpes. Una cuerda fija se había desprendido, haciéndole caer rodando muchos metros sobre las rocas. Quedaban todavía Atxo y Juanjo por jugar sus bazas
“Atxo y yo también deseábamos la cima del K2. En mi caso, deseaba tanto la película como la propia cumbre. Desde ella quería asomarme hacia la cara sur y buscar allá los fotogramas de mi pasado; deseaba contrastarlos con el presente, observar, por comparación, mis transformaciones para, con la perspectiva que dan los once años transcurridos desde mi primer intento, tratar de evaluar si todos los sacrificios, todos los riesgos, todos los sufrimientos padecidos en estas laderas tenían algún sentido”.

A las tres y media de la madrugada del 4 de agosto, Atxo y Juanjo parten de la tienda del campo IV, a 7900 metros, hacia la cumbre. Siguen la luz de los frontales mientras penetran en la penumbra incierta del alba. El tramo rocoso equipado con cuerdas fijas queda atrás y se adentran en las palas de nieve que sostienen los enormes seracs de la pirámide final. “Ya ha amanecido. La pendiente se hace considerablemente más fuerte y la nieve pierde calidad. Nos hundimos hasta la rodilla en un terreno que tiene una inclinación de 50 grados”.

Las horas del día discurren con una rapidez imperceptible. Ellos, en cambio, están progresando con mucha lentitud. “Estamos cerca de la cota de los 8500 metros y, desde aquí, se ve un panorama impresionante. Absolutamente todo lo que nos rodea queda ya tan por debajo de nosotros que da vértigo”.

Está anocheciendo y el tiempo amenaza con empeorar. La escasa claridad residual declina y las nubes empiezan a cercarles. “Teníamos la cumbre muy cerca, pero la luz estaba a punto de desaparecer. Atxo, unos pocos metros por debajo, aparecía como un punto de color mostaza y fucsia bañado en una suave luz roja contra el blanco de la nieve que, por momentos, también parecía teñirse de rojo suave”.
La cima del K2, el lugar del mundo que Juanjo más intensamente había deseado habitar desde hacía once años, estaba, por fin, al alcance de su mano. Las luces postreras del día les ofrecían una perspectiva irreal de los picos de los Latok y el Ogro, mil quinientos metros por debajo de ellos.

Siete de la tarde. Ha anochecido. Están en lo más alto. Las nubes lo envuelven todo con un vaho grisáceo y pastoso. “Mi ilusión de ver desde la cumbre la otra vertiente del K2 no se va a cumplir. Después de porfiar durante tantos años por ese momento, parece extraño que no sienta ninguna emoción. No hay abrazos, ni manifestaciones de alegría”. Llaman al campo base. Allí están preocupados. Les instan a que inicien enseguida el descenso. “Cuando nos ponemos en movimiento, nieva tan suave como copiosamente y las huellas de nuestra subida desaparecen en la oscuridad. Perdemos altura en la ladera nevada rápidamente, hasta que la luz de nuestros frontales cae sobre unas rocas”. Tienen que buscar la entrada del corredor para poder seguir descendiendo. Allí han dejado la mochila y la cuerda. Sin ella, nunca podrán bajar. No encuentran el punto clave. Sólo pueden hacer una cosa: esperar a que amanezca. “Estamos a 8500 metros, quietos en medio de la noche; sin embargo, no hace el frío intenso que cabría suponer. Es como si las nubes pretendieran abrigar al K2 al encapotarlo y a nosotros con él; como si la nieve, apacible y abundante, que también va cubriéndonos a nosotros, pretendiera fundirnos dulcemente en sus laderas”.

No tienen sacos de dormir, ni comida, ni tienda en la que cobijarse. “A pesar de lo paradójico, en nuestra situación el paso de la vida a la muerte aparece como algo, aunque en ningún caso deseado, más natural, menos violento de lo que puede creerse allá abajo”.

Al punto de amanecer consiguen localizar la mochila con la cuerda salvadora. Podrán escapar de la cabeza del K2, rapelar por el muro de hielo y antes de la noche estar al abrigo de la tienda del campo IV.

Juanjo está ya bajo el muro helado. Atxo anda por arriba buscando un lugar más idóneo para el destrepe. Los acontecimientos se van a precipitar a partir de ese momento. “He sentido un golpe fuerte en la cara y he comenzado a caer envuelto en una avalancha. Voy dando vueltas de forma descontrolada, como un pelele. El tiempo, que durante las horas anteriores se me escapaba de las manos, parece haberse suspendido en los segundos en los que la nieve me va arrastrando”.
“Me sorprende la rapidez con la que valoro mi situación; voy directo a los seracs que cortan por su base los últimos setecientos metros de la pirámide cimera del K2. Por debajo de esa frontera, tres mil metros de abismo vertical de roca y hielo (...). Calculo lo que debe de quedarme hasta llegar al corte de los seracs. Angustiosamente poco”.
Por la mente de Juanjo pasa un atropellado aluvión de pensamientos, pero cada uno de ellos definido y singularizado de forma extrañamente diáfana. “No puedo evitar pensar en Violeta, mi compañera, en el momento en que le hagan saber la noticia de mi muerte, en su segura desolación, en su amargura infinita. Y entonces concluyo que nada de lo que hacemos tiene el menor sentido. No porque muramos, sino por el dolor que podemos llegar a provocar en quienes nos quieren”.

De súbito, la caída descontrolada se detiene en seco. El cuerpo de Juanjo ha quedado absorbido por un campo de nieve profunda. Está a menos de cincuenta metros del borde de los seracs y del gran vacío. Ha caído más de cuatrocientos metros por la ladera. No sabe dónde está Atxo, ni su compañero debe de tener idea de dónde ha ido a parar él. Probablemente piense que ha desaparecido para siempre.

Ubica su situación. No se encuentra lejos de la línea de cuerdas fijas que le pueden llevar hasta la tienda. Tiene que llegar a ella antes de que acabe el día. Un segundo vivac a la altura en que se encontraba sería muy difícil de soportar.

“El sol poniente tiñe de rojo toda la tierra que alcanzo a ver. La luz es fantástica, nítida, con esa nitidez propia del frío. Se ha hecho de noche; no he alcanzado aún el punto más alto del tendido de cuerdas, aunque me falta muy poco”.

No va a llegar. La tienda salvadora debe estar muy próxima, pero no va a llegar.
La noche va a ser eterna. “Temo al frío, al hambre y, sobre todo, a la sed, a las horas de espera, a la eternidad que falta hasta que me alcance un poco de luz”.
Serán horas de alucinaciones extrañas, de frío lacerante que irá penetrando en sus dedos hasta insensibilizarlos de forma irreversible. “¿Qué me importa en este momento mis dedos? Me importa seguir bajando, me importa que Atxo siga bajando, me importa que llegue el próximo amanecer, me importa huir de este frío que puede matar algo más que mis dedos”.

En el horizonte lejano apunta una franja de luz. Puede ver ya la tienda. Sus dedos han muerto durante la noche, pero él quiere regresar vivo. ¿Dónde estará Atxo? Puede verle todavía muy alto, moviéndose con una lentitud exasperante.
Bebe té, café, ingiere todo el líquido que es capaz de derretir el quemador. Sale de la tienda. Atxo apenas se ha movido. “¡Atxo, tienes que llegar!”, le grita. No le oye.
Desde el campo base le intentan transmitir a través del radioteléfono unas fuerzas que ya no tiene: “¡Atxo, por favor, empieza a caminar! ¡Vamos, tienes que ir a casa con Nati; métetelo en la cabeza, no pares, Atxo, no pares, no pares...!

Unos meses antes, Atxo había repetido machaconamente frases parecidas a Scott McIvor, cuando, junto a Toño Miranda y el sherpa Mutilal, le bajaron casi a rastras hasta las tiendas del Collado Sur del Everest. Habían encontrado al escocés a 8500 metros abandonado por su grupo y con congelaciones en pies y manos. Cuando, tras dejarle a salvo, emprendieron la travesía hacia su campamento en el Espolón Sur, se había ya hecho de noche. No funcionaban las linternas. Extraviados de la línea de cuerdas fijas, en medio de la oscuridad, Atxo sólo pudo percibir entonces el deslizamiento que llevó a Toño Miranda al abismo. Su esfuerzo por salvar una vida le había costado la suya.

Llega de nuevo la noche. Será el tercer vivac para Atxo. Juanjo intenta hablarle: ¡Vamos, Atxo, aguanta...! Luego el vizcaíno caerá dormido. Cuando se despierta ha perdido la noción del tiempo transcurrido. El sol ha salido ya. Atropelladamente sale de la tienda gritando el nombre de su amigo. Increíble. Atxo ha sobrevivido a otra noche terrible. Mueve el brazo cansinamente, como respuesta a las voces de Juanjo. No está a más de cien metros, pero es una distancia infinita para quien ya ha vaciado hasta la última reserva de energía de su cuerpo.

Un torbellino de pensamientos contradictorios bullen en la cabeza de Juanjo. Piensa en bajar, en salvarse. Tiene que abandonar a su amigo si quiere salvarse. Es su instinto de supervivencia el que le manda tomar las cuerdas fijas y descender hacia la vida. Vacila. Reflexiona. Piensa en sus compañeros, en Nati, la mujer de Atxo, en la opinión que de sí mismo le quedará cuando regrese a la vida normal. “¿Cómo puede vivirse la propia vida cuando a uno le cabe la duda enorme de, en uno de esos momentos clave de la vida, haberse portado como un miserable?”.

Se calza las botas y los crampones y con una cantimplora llena de agua sale de la tienda. Le va a costar cuatro horas recorrer un tramo que, al subir, habían superado en menos de media, pero ya está junto a Atxo. Éste bebe con avidez y empieza a caminar de forma cansina. Le va a costar todavía varias horas llegar hasta la tienda del campo IV. Juanjo rompe a llorar cuando le ve junto a él. Piensa que están salvados. Pero todavía están a 7900 metros.
Con la ayuda de Sebastián de la Cruz y Ramón Portilla, Atxo podrá bajar hasta el campo II. Allí, en el amanecer del día 10 de agosto, se va a extinguir su vida.
Sus compañeros depositan su cuerpo en una repisa que pronto cubrirá la nieve. Juanjo contempla la escena con una extraña impasibilidad. “Cuando Ramón vuelve a donde estoy yo, le digo, perplejo, que no siento nada. Me apoya una mano en el hombro y sólo dice:
- Vámonos, ya tendremos tiempo de llorar...”




- San Sebastián, J. «Cita con la cumbre. Una historia de amistad y tragedia en el K2». Ediciones Temas de Hoy, S.A.. Madrid. 2000)
- San Sebastián, J. «Con las manos vacías». Pyrenaica. nº 176 (1994): 118-121
- Fotos expedición "Al filo de los imposible"
- Polar donado a EMMOA por Juanjo San Sebastián - Fondo "Objetos históricos"

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