LAGUNDU

NUESTRO PRIMER OCHOMIL

NUESTRO PRIMER OCHOMIL
NUESTRO PRIMER OCHOMIL
El 12 de mayo de 2019 se han cumplido cuarenta años desde que una expedición navarra encabezada por Gregorio Ariz consiguiera en el Dhaulagiri alcanzar por primera vez para el montañismo de Euskal Herria una cumbre de ocho mil metros.

DHAULAGIRI 1979, LA FRONTERA
Tras la sucesión de salidas extraeuropeas en los años precedentes, resultaba evidente que la trayectoria de los alpinistas formados en torno al grupo de Alta Montaña de Nafarroa tenía que apuntar en el futuro inmediato hacia una de las catorce cimas que en el Himalaya superan los ocho mil metros.

A principios de 1978, el nombre del Annapurna empezó a sonar en los medios montañeros de Iruña como un destino posible de la futura expedición. Se hicieron incluso viajes a Italia para estudiar la ruta a seguir. Sin embargo, una carta cursada en el mes de mayo por las autoridades nepalíes a la embajada de España en la India vendría a variar las previsiones: tendrían un permiso para escalar en la primavera siguiente un ocho mil, pero sería el Dhaulagiri.

El 8 de marzo de 1979 llegó rápido. Una gran multitud de gente ocupaba la plaza del Ayuntamiento. En el centro aguardaba el autobús en el que iban a partir los integrantes de la expedición. “Es un momento de franca emoción para nosotros, que no estamos acostumbrados a este tipo de manifestaciones”. Poco después salían del consistorio con los pañuelos de San Fermín anudados al cuello. Se sabía que el santo era hábil quebrando ante los toros; pero todavía no se había demostrado que supiera también esquivar avalanchas o tormentas. “Un poco avergonzados, con el rostro sonriente, las lágrimas escondidas y con el corazón dando brincos dentro del pecho, decíamos adiós a familiares y amigos que habían venido en masa a desearnos suerte en ese lejano objetivo de escalar una de las montañas más altas de la Tierra, allá en el Himalaya”.



Una despedida en Pokhara
Alargando la mano con desmayo, Mari Abrego fue despidiendo uno a uno a sus compañeros de expedición, que partían hacia el lecho pedregoso del Yamdi Khola. No podía entender lo que le estaba sucediendo, pero la realidad era que él se quedaba en Pokhara, mientras la culebra de porteadores se iba haciendo progresivamente diminuta retorciéndose sobre las curvas del sendero.

¿Podía el sueño haber sido tan corto?. Su aspiración de escalar una montaña de ocho mil metros, alimentada por meses y años, no iba a resolverse en las laderas altas del Dhaulagiri, tras pelear duramente cara a cara con las dificultades de la ruta como había imaginado; paradójicamente, parecía destinada a morir ahogada en las aguas quietas del Lago de Pokhara.

Pocos días atrás, él estaba en Iruña, como sus compañeros, llenando de contenido aquellos bidones rojos que veía alejarse ladera arriba, agrandando a cada paso de los porteadores un vacío inmenso en su ánimo. Ahora estaba solo, contemplando la imagen sosegada de aquel Himalaya invertido que se proyectaba sobre el lago y se desvanecía ondulante, como sus ilusiones, al paso de cualquier canoa.

Cuando los médicos del hospital de Pokhara le habían trasmitido que padecía un principio de neumonía, más que un diagnóstico a Mari le había parecido una sentencia. Le había costado esfuerzo aceptarlo, pero la responsabilidad para con sus compañeros le obligaba a acatar la decisión. Y se había quedado solo, inmensamente solo, maldiciendo su infortunio en un entorno en el que los hippies de los años sesenta idealizaron su paraíso terrenal.

Abrego no podía asimilar que allí, frente a los perfiles espléndidos del Machapuchare y de los Annapurnas se hubiera acabado su primera aventura en el Gran Himalaya. Durante días de horas muy largas mantuvo en su interior una turbulenta batalla entre el deseo y la razón. Hasta que una mañana, en la que las aguas del lago reflejaban las montañas más diáfanas que nunca, tomó una de las decisiones más trascendentes de su vida: cargó con la mochila a la espalda y, con dos jóvenes porteadores como guías, partió camino del Dhaulagiri, tras las huellas de sus compañeros.

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Gregorio Ariz volvió la cabeza una vez más, para comprobar que la estirada comitiva de porteadores avanzaba con normalidad. La contemplación de aquellos doscientos y pico hombres descalzos y mal vestidos le estaba haciendo tomar conciencia de que la aventura de escalar una montaña de ocho mil metros era una realidad tangible.

Protegido del sol por el paraguas, apoyado en una mochila rebosante de billetes de rupias destinadas a pagar a los porteadores, Gregorio se detuvo en un recodo del camino. Tenía ante él la silueta piramidal del Machapuchare cerrando el horizonte inmediato. Hacía calor. Miró más atrás, a lo lejos, hacia el inicio del camino: “Cuando de niño subía a la peña Izaga de la mano de mi padre y veía las cimas blancas del Pirineo allá al fondo, me parecía casi un sueño poder llegar algún día a pisarlas. Nunca habría soñado que detrás de aquellas montañas había otras muchas, cada vez más altas, que esperaban pacientes mi visita”.

El aire traía olores a hierba reseca. Llegaban también hasta él, aunque extrañamente lejanos a pesar de su proximidad en el tiempo, los recuerdos de Iruña. Qué diferente aquella despedida multitudinaria que les habían dispensado en la plaza del Ayuntamiento, con la íntima partida de la Plaza de La Cruz en la primera expedición al Hoggar en 1971.

Entre uno y otro viaje habían transcurrido ocho años apasionantes. Groenlandia, los Andes, los macizos africanos, el Hindu Kush. Un peregrinaje por el mundo que les llevaba ahora por el valle de Myangdi Khola hacia del campo base del Dhaulagiri.

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El 8 de abril, los porteadores acarreaban las últimas cargas hasta el que sería el campo base. En pocas horas, un poblado de lona fue creciendo sobre la morrena del glaciar. El sirdar Sonam Girmi rezó sus letanías ante el altar de piedras erigido en el centro del campamento, mientras puñados de arroz eran lanzados hacia lo alto. “Para terminar, Sonam nos impuso a todos un fino cordón rojo, que quedaría anudado al cuello junto al de San Fermín que traíamos de Pamplona”.

El discurrir de la escalada demostraría que el santo navarro y los dioses del Himalaya se podían llevar bien.


Foto para la historia
Poco después de la medianoche, en las tienduchas del campo V, a 7.600 metros, Xabier Garaioa, Iñaki Aldaia, Gerardo Plaza, el catalán Jordi Pons y el sherpa Ang Rita comienzan la engorrosa tarea de prepararse para dar el salto hacia la cumbre.

El resplandor de la luna les augura un cielo despejado; la quietud de las lonas de las tiendas confirma la calma del viento. Los puñados de arroz lanzados por Ang Rita hacia el cielo en la tarde de ayer parecen haber conjurado el vendaval que había barrido la montaña en las últimas horas.

Tres de la mañana del 12 de mayo de 1979. Dan los primeros pasos sobre la nieve helada. El termómetro marca 38º C bajo cero. Un Annapurna azul se perfila al otro lado de la profundidad del Kali Gandaki. Más allá se extiende el misterioso valle de Mustang, ya en los límites del Tibet.

Ansiedad en los campos inferiores. El avance es exasperadamente lento. A las diez de la mañana, las cinco alpinistas parecen haber alcanzado el punto más alto de la montaña. “Desde el campo II es lanzado el grito de victoria, ya que según nuestra perspectiva están en la cumbre. El sirdar nos abraza y los porteadores de altura vienen contentos a felicitarnos”.

Todavía cuatro horas más tendrán que pasar antes de que los alpinistas puedan alcanzar los 8167 metros de la cima real del Dhaulagiri. Alguna lágrima se oculta pudorosamente tras las gafas de ventisca, las barbas de Garaioa están encanecidas por el hielo y los brazos largos de Gerardo Plaza unen al grupo para una foto que a partir de ese momento será parte de la historia del montañismo vasco.

Comienza el descenso. Gerardo ya no volverá a una gran montaña. Un año más tarde, él mismo decidirá detener su tiempo bajo las montañas del Baztán.

En el campo IV, Pitxi Eguillor, Mari Abrego, Agustín Setuain y Trini Cornellana aguardan expectantes su oportunidad para progresar hacia la cumbre al día siguiente. El viento se mantiene en calma, el campo V esta bien abastecido; ellos se encuentran fuertes.

A través del radioteléfono llega entonces una orden sorprendente desde el campo II: "El objetivo del equipo está alcanzado; Sonam Girmi, el sirdar, barrunta que el tiempo va a cambiar y no podemos arriesgarnos". Estupor. En el campo IV, se miran unos a otros. Dudan. Les mandan renunciar cuando llegar hasta aquí ha costado meses y la cumbre está a una sola jornada de esfuerzo.

En silencio, frustrados, los cuatro alpinistas emprenden el descenso. Se despiden con desánimo de los escaladores franceses y suizos que siguen su misma ruta. Ellos sí van a tener la oportunidad de progresar hacia el campo V al día siguiente.

Horas después, la alegría en el campo base puede con todo. Se van descorchando las botellas de vino reservadas para la ocasión, se canta y se bebe hasta que los cuerpos tambaleantes se dispersan por la morrena buscando el abrigo de los sacos.

Para entonces, los vientos han comenzado a zarandear la montaña. Las intuiciones meteorológicas de Sonam y quizás la extraña alianza entre el cordón de los lamas y el pañuelo de San Fermín les han librado de la tragedia que se está viviendo en esos momentos en las laderas altas del Dhaulagiri: una avalancha ha arrastrado al vacío a dos miembros del grupo franco-suizo que dormían en el campo V y sus compañeros se verán abocados a una retirada dramática. “Aquello era un infierno. Decidieron bajar porque era la única posibilidad de seguir viviendo. En el descenso, el sherpa Pemba patinó en la pendiente, desapareciendo en la cara norte. Los tres supervivientes consiguieron llegar en un esfuerzo desesperado hasta nuestro campo base”.

Mientras se aleja el estruendo de los rotores del helicóptero que se lleva a Katmandú a los heridos, Gregorio Ariz, jefe de la expedición navarra, escribe en su diario: "La resolución de no haber lanzado un segundo ataque a la cumbre, haciendo caso a las recomendaciones de nuestro sirdar, ha sido la decisión más dura, pero la más sabia e importante de cuantas hemos tomado en el transcurso de la expedición. Hemos sido conscientes de lo cerca que están en la montaña el triunfo y el fracaso, la vida y la muerte".

Unos días más tarde, a Euskal Herria llegaba un telegrama con un escueto texto: "Conquistado Dhaulagiri doce de mayo. Primer ocho mil vasco. Cuatro alpinistas, un sherpa. Cima sin oxígeno. Muy difícil. Todos bien. Saludos".

Expedicionarios: Gregorio Ariz (jefe de expedición), Iñaki Aldaia (director técnico), Xabier Garaioa y Trini Cornellana (médicos), Javier Garreta, José Ignacio Ariz, Gerardo Plaza, Pitxi Egillor, Ángel Martínez, Mari Abrego, Agustín Setuain, Ángel Irigoyen, Javier Sorozabal, Pili Ganuza, con los catalanes Jordi Colomer, Ramón Bramona, Joan Massons, Jordi Pons.

- Ariz, G. «Expedición navarra al Dhaulagiri», Pyrenaica, nº 116 (1979):7-15)

- Iturriza, A. Euskal Herria en los techos del mundo. Bilbao: Pyrenaica, 1997

- Ariz, G. Expedición navarra el Himalaya 79. Iruña. CAN (1979)

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