LAGUNDU

UN NATURALISTA FRENTE AL HIMALAYA

UN NATURALISTA FRENTE AL HIMALAYA
A mediados del siglo XIX el interior del imperio chino se mantenía como un espacio casi en blanco en los mapas de los países occidentales. Desde los tiempos del veneciano Marco Polo, el conocimiento existente en Europa sobre la antigua cultura china apenas había avanzado y las incursiones de los comerciantes se limitaban a tocar los puertos de Cantón, Hong Kong o Shangai.

Pero las expectativas que ofrecía un mercado de población y recursos de dimensiones inmensas habían incrementado la presión de las potencias europeas. Los intereses comerciales pugnaban en anuencia con las maniobras diplomáticas para forzar la apertura de las fronteras chinas, cerradas a toda ingerencia extranjera por orden imperial. Esta tensión había desembocado en varias guerras a raíz de las cuales Inglaterra y Francia consiguieron imponer sus condiciones al decadente régimen chino.

Como consecuencia de esta apertura impuesta por la fuerza militar, algunos misioneros franceses habían podido penetrar en el enigmático territorio del Celeste Imperio, para ejercer sus tareas misionales de introducción del catolicismo en la hasta entonces impermeable sociedad china. En el contingente de clérigos que llegó a Pekín en 1861 se encontraba un fraile llamado Jean-Pierre Armand David, al que las circunstancias del destino iban a convertir en el primer vasco que pudo contemplar de cerca las laderas del gran Himalaya.

David era nacido en Ezpeleta en 1826 y no era un clérigo convencional. Había ingresado en la orden lazarista en 1850, tras completar sus estudios eclesiásticos en los seminarios de Larresoro y Baiona y, ya en su primer destino en la ciudad italiana de Savona, había mostrado unos profundos conocimientos sobre ciencias naturales.

Esta formación científica fue la que impulsó a sus superiores a destinarle a China. Si el país del gran imperio representaba una ilimitada reserva religiosa para los credos occidentales, tanto más lo era para la ciencia el patrimonio natural de sus territorios. Los zoólogos y botánicos estaban ávidos de penetrar en un espacio en el que sus dimensiones eran tan gigantescas como menguado el conocimiento que existía sobre el mismo. Una de las pocas fuentes documentales de información que existía sobre China la había proporcionado el jesuita bearnés de origen vasco, Jean-Baptiste Duhalde. Aunque Duhalde nunca llegó a viajar a China, en 1735 recopiló en su monumental obra “Description geógraphique, historique, cronologique, politique et physique de l´Empire de la Chine et de la Tartarie chinois” los datos aportados por los misioneros jesuitas que habían sido pioneros en las incursiones en los territorios desconocidos del Asia Central.

En 1866 Armand David emprendió un viaje de siete meses y medio hacia la Mongolia interior y el desierto de Gobi, realizando en su camino estudios sobre zoología, botánica y geología. Para entonces, su nombre ya sonaba con fuerza en los medios científicos de París por uno de sus hallazgos más célebres: un tipo de ciervo desconocido hasta entonces en los catálogos europeos, que fue bautizado en su honor con el nombre de “Elaphurus davidianus”.

Cuando a finales del invierno de 1869 Armand David acometió su segundo gran periplo en China, lo hacía tomando rumbo hacia la cuenca de Sichuan, situada en la proximidad de las fronteras del Tibet. En aquella región, todavía dominada por etnias y culturas distintas a la china, le aguardaba un descubrimiento que le haría pasar a la historia.

Era, según su diario de viaje, el 11 de marzo de 1869. En una cocina en la que había sido invitado a tomar té, su curiosidad científica le hizo fijarse en la piel de un animal que estaba colgando de la pared: tenía las garras de un oso, pero su piel era una extraña combinación de colores blanco y negro. Pocos días después, los cazadores que trabajaban para él traían por encargo suyo un ejemplar de aquella especie. David estaba descubriendo para la ciencia occidental la existencia de un animal actualmente tan emblemático como el panda gigante.

(Altonaga, K. Armand David, pandaren aita. Elhuyar. 2001)

“TENDRÁN OCHO O NUEVE MIL METROS.”

Nada hasta este punto de sus apasionantes andanzas habían llevado al naturalista vasco a las montañas. Pero tan sólo unos días después del descubrimiento del panda, en el diario de David podemos leer: “17 de marzo de 1869. Buen tiempo. Soleado. Hoy he realizado una penosa excursión hacia la gran montaña de Hong-chan-tin”.

En el relato de este primer intento de ascensión a la que debía ser la cumbre más elevada de la región de Moupin, David abandona su estilo escueto de científico para acercarse en muchos pasajes al tono épico clásico de la literatura alpina: “Durante cuatro horas nos elevamos de roca en roca, lo más alto que nos fue posible, agarrándonos en árboles y ramas; todo lo que no es vertical está cubierto de nieve helada(...). Por fortuna, los árboles y la maleza nos impiden ver con claridad los abismos sobre los cuales estamos colgando, algunas veces únicamente asidos de las manos”.

La situación en que se encuentra él y su acompañante chino se torna tan comprometida que hasta posterga sus investigaciones atendiendo a un primigenio instinto de conservación: “Las dificultades de esta ascensión nos absorben de tal manera que no prestamos atención a las huellas frescas de algunos grandes animales que encontramos sobre la nieve”.

La posición de ambos se va complicando a medida que pasan las horas: “El sol, que ha brillado hasta las tres, ha desaparecido y unas espesas nieblas nos rodean. Nos encontramos perdidos, sin posibilidades de alcanzar la cresta de la montaña”. Y ante lo comprometido del trance, optan por la retirada: “Totalmente rendidos por la fatiga, nos vemos forzados a descender para no vernos sorprendidos por la noche en estas temibles soledades”.

La cruda experiencia habida en este intento fallido no hará a David renunciar definitivamente a su propósito de alcanzar el punto más alto de la “Montaña de cima roja”, según traduce el significado de su nombre local. Él es un hombre curtido en el sufrimiento. Durante sus años de viajes por zonas remotas de China le ha ocurrido de casi todo: ha sufrido asaltos de bandidos, vivido revoluciones, padecido ataques de reuma, tifus, malaria y disentería y hasta le han intentado envenenar el té en más de una ocasión. Ninguna de estas penalidades le había hecho cejar en su obsesión científica por descubrir especies animales y botánicas desconocidas en occidente.

El 25 de julio del mismo año escribe: “No llueve, pero el amanecer ha sido tormentoso, con rayos y truenos. Más tarde a comenzado a llover. Comienzo a hacer los preparativos para la expedición que me propongo realizar a la gran montaña de Hong-chan-tin”.

Al atardecer del día 28, el fraile de Ezpeleta se encuentra en el límite de los bosques y los dos cazadores que le acompañan se afanan en apañar un abrigo para pasar la noche. La jornada ha sido muy dura, hasta el punto de que, con las últimas luces del día, David deja plasmadas en su diario estas significativas frases: “El camino que hemos realizado entre barrancos y, sobre todo, por las abruptas laderas del Hong-chan-tin es, sin duda, el más difícil que he recorrido en mi vida”.

Armand no está ascendiendo a la montaña por un impulso de dominación del paisaje, sino como explorador de un territorio desconocido en el que la naturaleza le plantea incógnitas apasionantes a resolver.

El método de David era el de abatir piezas que estudiaba, catalogaba y, finalmente, disecaba, con destino al Museo de Historia Natural de París. “Al final de la jornada, así como en parte de la noche, me dedico a despellejar las piezas cobradas”. La labor, en las circunstancias que le rodean, cobijado en un inhóspito refugio hecho con ramas, se torna especialmente dificultosa: “Uno de los grandes sinsabores de las investigaciones en historia natural es la necesidad de imbuirse en las repugnantes labores taxidérmicas cuando, tras una jornada fatigante, el ánimo demanda reposo y tranquilidad. Y especialmente para mí, que mi actividad como naturalista no me dispensa de los deberes de mi condición de religioso”.

El día 30, mientras continúa con sus observaciones desde la cabaña, aporta un dato relevante: “Me encuentro a más de doce mil pies de altitud”. Y será a la jornada siguiente, festividad de San Ignacio, cuando, aprovechando la bonanza del tiempo, “cubierto, pero sin lluvia”, se decida a avanzar hasta la cumbre de la montaña, que se debe encontrar, al menos, 1.500 metros por encima de nuestro refugio”.

El camino de ascenso va ganando en aspereza y dificultad: “El itinerario que llevamos hace temblar y provoca el vértigo, mientras seguimos una estrecha arista que divide dos precipicios aterradores”.

Sobreponiéndose a las dificultades de la ruta, David no margina su cometido investigador. Dispara y cobra varias perdices nivales y una comadreja de vientre amarillo. “He disparado también sobre un soberbio pájaro de espalda roja y larga cola, pero he fallado a causa de la peligrosa inestabilidad en que me encontraba, colgando sobre un inmenso abismo”.

Finalmente, alcanza la cumbre del Hong-chan-tin. Calcula que se encuentra a más de cinco mil metros, “pero no me siento afectado por la rarefacción del aire. Los cazadores que me acompañan, en cambio, se quejan de dolor de cabeza”. Las nieblas les rodean impidiéndoles identificar el paisaje que ya dominan. Aprovechando con avidez un breve claro, David puede observar una cadena de montañas que sus cazadores identifican con el nombre de Ta-sue-chan, “que deben de ser unos dos mil metros más elevadas que el punto en que me encuentro”. Y formula un propósito que no llegará a cumplir: “Están a tres días de marcha y me propongo ir hacia ellas más tarde”.

Al filo de la noche regresan a la precaria cabaña en la que han estado vivaqueando las jornadas anteriores. Será al día siguiente cuando un amanecer despejado permitirá al científico vasco contemplar uno de los espectáculos más deslumbrantes de su azarosa vida de viajes: “A nuestros pies se extiende un inmenso mar de nubes que alcanza hasta los horizontes más lejanos. Las cumbres de las montañas emergen como islas en un océano”.Y entre los límites del cielo y las nubes, la vista de David va a encontrarse con una gran barrera montañosa. “A nuestro O.S.O., a una distancia aproximada de treinta leguas, se extiende una cordillera, cuyas cimas principales parecen extremadamente elevadas. Están cubiertas de nieve en toda la parte que emerge del mar de nubes”. Seguidamente, hace un cálculo estimativo de su altitud. “Nosotros nos encontramos a una cota próxima a los cuatro mil metros y las montañas que observo pueden tener el doble de altura a juzgar por la referencia de mar de nubes”.

Armand David, en 1869, diez y siete años después de que los servicios cartográficos británicos fijaran la talla del Everest, está redactando la primera descripción de un vasco sobre la cordillera más alta del mundo. “Nos encontramos frente a cumbres comparables a las más elevadas que se conocen en el Himalaya. No exagero al atribuir ocho o nueve mil metros de altitud a estas montañas del Tibet oriental”.

(David, A. Journal d´un voyage dans le centre de la Chine et dans le Thibet Oriental. 1874. P. 3-82)

Muchos años antes, en 1597, el jesuita navarro Jerónimo de Ezpeleta, Javier de Beire como nombre religioso, había plasmado una primera descripción del Himalaya. En su camino hacia Cachemira, había contemplado las grandes montañas nevadas de la cordillera que le recordaban a las de su Pirineo navarro.

Un año más se prolongó el periplo de David por la región de Sichuan. Y, tras un paréntesis de estancia el Francia para recuperar su maltrecha salud, regresaría de nuevo a China, donde permaneció otros dos años más completando sus estudios naturalísticos. Cuando en 1875 regresó definitivamente a París, el balance de su trabajo era impresionante: había clasificado 800 especies de aves, ochenta de ellas nuevas, así como 200 de mamíferos, de los cuales sesenta no eran conocidas hasta entonces por la ciencia europea.

David murió en París el 10 de noviembre de 1900. Para la ciencia su nombre quedaría ligado al descubrimiento del panda gigante y a la ingente catalogación zoológica que había llevado a cabo. Sus méritos científicos eran de tal brillo que nadie se acordaría del hecho anecdótico de que él había sido el primer vasco que superó el límite de los cinco mil metros y también quien tuvo la primera visión cercana de las grandes cumbres del Himalaya oriental.

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