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El recuerdo de Besaide

El recuerdo de Besaide

Entre las cumbres de Udalaitz y Anboto, sobre la loma en la que se unen las mugas de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, se levanta un monumento de piedra. Desde el dominio modesto de su altura, un campanil y un círculo definen un espacio de la montaña que la tradición alpina ha dedicado a la evocación y al recuerdo.


Al discurrir de los años, por esas piedras han resbalado de forma callada muchas lágrimas vertidas por amigos y familiares de los que un día, en dispares circunstancias, en cualquier lugar del mundo, perdieron la vida en la montaña. Besaide es el lugar de encuentro con la memoria perdida, el cromlech primigenio del alpinismo, la argizaiola que arde sin candela sobre valles y montañas desde que cuatro alpinistas vascos murieran en la cumbre de Mont Blanc. No fue, sin embargo, un camino sencillo el que tuvieron que recorrer estas piedras para tomar forma en la loma de Karraskain, desde que en el verano de 1953 se empezó a concretar la idea de levantar un sencillo recuerdo a la memoria de las víctimas del accidente de los Alpes.


Desgraciadamente, no eran los únicos montañeros que en esas fechas habían perdido la vida en la montaña. El 19 de mayo de 1952 Ignacio Tamayo había caído de una pared del Pagasarri mientras estaba rapelando; en un resbalón fortuito, la misma suerte había corrido el montañero de Elgeta José María Aranzabal en Gorbeia el 26 de octubre del mismo año. Pero ninguno de estos accidentes había provocado la conmoción social de la tragedia del Mont Blanc. El origen del proyecto del monumento de Besaide fue, precisamente, la suscripción popular que se abrió a iniciativa del propio Sopeña para hacer frente a los gastos derivados del rescate y traslado de las víctimas, que solamente en conferencias telefónicas ascendía a 3.500 pesetas.


Fue en la reunión de clubes celebrada el 6 diciembre de 1953 en Elgeta, en la que Eusebio Muñozguren, representante del Bilbao Alpino Club, propuso ubicar en el collado de Besaide “un Santo Cristo con cobertura al estilo suizo”. Hubo alguna discrepancia respecto al posible emplazamiento, ya que el Club Deportivo Eibar abogaba por situarlo en la inmediata cima de Intxorta, en atención al significado que Elgeta tenía para el montañismo vasco. Finalmente se optó por Besaide, previendo que la inauguración se realizaría en el mes de junio de 1954.


Pero ni los monumentos a los muertos se salvan de las miserias de los vivos. El saldo resultante de las donaciones tras pagar los gastos, - 19.626,70 pesetas- fue reclamado a Sopeña por la Jefatura Provincial de Movimiento, en concepto de reintegro de los anticipos que este organismo había realizado para afrontar los gastos de los rescates, que hasta entonces se había considerado como un aportación oficial desinteresada. Ante esta actitud, Sopeña se manifestaba dolido: “Es para mí verdaderamente desalentador, recibir este trato y este pago de quien era de esperar el mayor apoyo. El Gobernador Civil de Vizcaya se ha incautado – por narices- del remanente de nuestra recaudación, que estaba destinada al monumento, así que habrá que renunciar al proyecto”.


No abandonaron, ni él ni los montañeros. En la asamblea del 12 de diciembre de 1954 la propuesta volvía a plantearse, está vez sobre un bello proyecto realizado de forma desinteresada por el arquitecto Luis Pueyo. La concepción de la obra fue unánimemente elogiada, pero su presupuesto de construcción se elevaba a 65.000 pesetas, cifra muy alejada de las posibilidades de la caja de la Federación. Durante los meses siguientes se dieron muchos pasos por los despachos de diputaciones, ayuntamientos y empresas pidiendo ayuda. Se reclamó también la aportación de los clubes montañeros, que respondieron en la medida de sus limitadas economías. Se recaudaron 68.133,25 pesetas. El ayuntamiento de Durango se ofreció a donar la campana de la torre, que fue fundida en Gasteiz con un coste de 8.410 pesetas. Finalmente la Delegación Nacional de Deportes aportó el resto que faltaba hasta la cantidad de 78.430 a que se elevaron finalmente las obras.


El día escogido para la inauguración, el 30 de octubre de 1955, amaneció plomizo. Llovía y el amplio paisaje que se domina desde Besaide había sido hurtado por las nieblas. En lo alto de la loma estaba ya asentado el monumento y hacia él fluían hileras de montañeros desde cien caminos, haciendo del lugar el punto de unión que Pueyo había imaginado.


Todos aguantaron a pie firme bajo paraguas negros los aguaceros que cayeron durante la misa. Sopeña, solemne, concluyó su discurso con estas palabras: “El bello monumento de que os hago entrega es de todos; es el prestigio del país y el recuerdo de nuestros muertos. Sabed respetarlo y defenderlo”.


Siguió lloviendo. Alguien interpretó que era el cielo que lloraba por los ausentes. Con ese tono de tristeza, el cronista de Pyrenaica remataba su reseña: “Chapoteando por el sendero embarrado, interminables filas de montañeros descienden al valle, cada cual por su lado, en busca de un confortable cobijo. Entretanto, allá en lo alto, sigue sonando pausadamente la campana de Besaide, trayéndonos el recuerdo de aquellos camaradas que ya nunca nos acompañarán en el disfrute de las cimas montañeras”.


 


 


Arg: Pueyo Familia


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