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MUJERES DE ALTOS VUELOS

MUJERES DE ALTOS VUELOS

Cuarenta años después de que Marie Paradis se convirtiera en la primera mujer en alcanzar la cima del Mont Blanc, el relato de un viajero por tierras de Gipuzkoa reflejaba un curioso primer testimonio de actividad deportiva femenina en las modestas cumbres de Euskal Herria. El autor es Francisco de Paula Madrazo y en su libro “Una espedición a Guipúzcoa en el verano de 1848” describía una ascensión a Udalaitz partiendo del entonces prestigioso balneario de Santa Agueda, rebosante de bañistas de la más alta alcurnia capitalina. “Damas muy conocidas y alguna de ellas muy célebre en Madrid por su hermosura, tomaron parte en la expedición y, desentendiéndose por aquel día de la ordinaria timidez y de los escrupulosos miramientos de su sexo, no se sentaron como de costumbre, sino que montaron a los alazanes en todo el rigor de la palabra”. Tras dejar las caballerías en el collado, los excursionistas alcanzaron meritoriamente la escarpada cima de Udalaitz y al atardecer, tras visitar la misteriosa cueva de San Valerio, próxima a la cumbre, regresaron al balneario acosados por una tormenta agosteña. “Era de ver el espectáculo de las lindas amazonas picando espuelas a sus caballos, separadas por la tempestad de sus hermanos, de sus esposos o de sus papás...”.


Este pasaje podría haber sido copiado de cualquier balneario de los Alpes o Pirineos, que se convirtieron en el siglo pasado en excelentes plataformas para la práctica del alpinismo entre la ociosa clase pudiente que los frecuentaba: en un balneario alpino inició en 1865 su extraordinaria trayectoria montañera la americana Margaret Brevoot y de un balneario de Saint Sauveur partió en 1838 la inglesa Anne Lister para completar la primera escalada del Vignemale. 


En el movimiento alpino que desde primeros del siglo XX fue madurando en Euskal Herria para sentar las bases de un montañismo organizado, se puede asegurar que las mujeres tuvieron una participación, sino protagonista, si digna de mención por su número. En la crónica de la excursión que el Club Deportivo Bilbao organizó al Gorbea en 1921 se lee que “en Lemona había dispuestos seis tranvías para Villaro y socios del club acomodaban en el primero al sexo femenino”. Era evidente que había que evitar a las damas las indeseadas “apreturas” que se presumían en el resto de los vagones.


Refrendo de este tratamiento diferenciado es el anuncio aparecido en la revista Pyreanica en 1926, en el cual, la casa refugio de Urbia ofrecía 16 camas en cuartos separados para familias o señoras o señoritas pirineistas”


Respecto a los positivos efectos que tenía la incorporación de las chicas a las excursiones, se precisaba en la prensa del momento que “aparte de los beneficios que reporta al sexo femenino el paseo higiénico y reposado por montaña, que fortalece su naturaleza y embellece su tez, su presencia contribuye eficazmente a que los acompañantes se comporten con la corrección más exquisita....”. 


 


¿UN CLUB FEMENINO?


Resulta ilustrativo del ambiente de la época el tratamiento que a la actividad femenina se daba en el Deportivo bilbaino en el año 1923. “Siendo varios los socios que van en sus excursiones alpinas acompañados de su esposa o hermanas, esta junta directiva toma el acuerdo de premiar con una medalla de plata a la señora o señorita que esté unida en primer grado de parentesco con los socios, cuando acredite la ascensión a seis montes de entre el centenar de los concursados por los socios”.


Consecuencia de esta “apertura”, fue que la bilbaina Raimunda Royo se convirtiera en 1930 en la primera mujer que concluía el exigente concurso de cien montañas. Pero la capital vizcaina no era el único lugar en el que la mujer participaba en actividades montañeras. En 1930 se pueden contar hasta 30 mujeres como miembros habituales de las excursiones del Club Deportivo Alavés. Asimismo, en el Club Deportivo Eibar se registraba una notable presencia femenina, con toda una promoción de montañeras como Felisa Ariz, Carmen Iza, Teresa Echeverria y Bachi Elcoro, que perseveraron durante años en la práctica alpina.


La pujanza de este movimiento llevaría a algún cronista a sugerir en 1935 la creación de un club femenino de montaña, siguiendo, quizás sin saberlo, el camino que ya en Europa habían adoptado por decisión propia otros colectivos de mujeres.


Sin embargo, el clima de confraternización que se respiraba entre ambos sexos en los clubes vascos, teniendo en cuenta que los objetivos deportivos eran muy modestos, no se correspondía con las reticencias patentizadas en entidades europeas de larga tradición como el Alpine Club británico. En el que fue primer club alpino del mundo, la única socia del sexo femenino que existió, desde su fundación en 1857 hasta un siglo después, fue la perra Tshingel, propiedad, curiosamente,  de una extraordinaria alpinista como fue Margaret Brevoot.


Esta discriminación había dado lugar en 1907 a la creación en Londres del Ladie´s Alpine club y por motivos similares en Suiza había surgido en 1918 el Club de  alpinistas suizas, ante la prohibición estatutaria de sus colegas masculinos para admitirles en el Club Alpino Suizo, que sólo abrió las puertas a las mujeres en 1979.


 


LA GUERRA DE LOS PANTALONES


Tras el trauma de la guerra, el montañismo femenino en Euskal Herria adquirió dos características diferentes. Por una parte se iba supera el llamado montañismo de romeria y algunas mujeres se atrevieron con objetivos técnicamente exigentes, como es el caso de la bilbaina Mari Carmen Alcocevar, quien el 2 de septiembre de 1951 anotaba la primera escalada femenina al Diente del Ahorcado, un monolito de modesta dificultad situado en el valle burgalés de Mena. Unos días antes, el 11 de agosto, la irunesa Julene Etxenike se había convertido en la primera vasca en alcanzar la cumbre del Naranjo de Bulnes.


También resulta sorprendente, por la audacia de su planteamiento, la travesía que las vizcaínas Maritxu Bilbao y Angelita Olano - ¡dos chicas solas¡- realizaron entre Sallent y Benasque en julio de 1955, ascendiendo en once días a ocho cumbres de tres mil metros. La aventura, por lo inusual en aquel momento, les valió la concesión de sendas medallas al Mérito Deportivo.


El segundo efecto de la postguerra tenía relación directa con la influencia del nacional-catolicismo reinante en las normas morales. El uso del pantalón en una mujer se consideraba reprobable, a pesar de su idoneidad para la práctica de los deportes de montaña. El anecdotario de los años cincuenta ha dejado más de un encontronazo con el clero por esta razón, como la expulsión de unas montañeras navarras de la iglesia de Otxagabia por llevar unos pantalones nada ceñidos y por la misma razón la prohibición de entrada al templo que el párroco de San Nicolás de Bilbao impuso a las chicas esquiadoras que acudían con este atuendo a la misa de madrugada. El conflicto se solucionó con una salomónica medida del entonces obispo de la diócesis, monseñor Morcillo, quien autorizo la presencia de las chicas en pantalones siempre y cuando llevase por encima una discretea gabardina y se situasen en las últimas filas del templo.


Tres cuartos de siglo antes, la citada Margaret Brevoot había tenido que hacer frente al mismo problema y lo había tenido que solucionar usando sobre los bombachos una especie de falta postiza de quita y pon, de la que se desprendía cuando se encontraba en la soledad de la montaña.


Había todavía muchos pasos por dar. Quedaba a las montañeras vascas por confrontarse con los Alpes, en los que muchos años antes habían abierto huella sobre sus limitaciones y, especialmente,  sobre los convencionalismos sociales,  las pioneras femeninas. La donostiarra Loli López Goñi fue en los inicios de los sesenta la primera vasca que se enfrentó a las vías de envergadura en el Pirineo o en el macizo de Mont Blanc. Muchos años más tarde, la navarra Miriam Garcia, daría el paso definitivo al abordar itinerarios en grandes paredes, confrontándose con las rutas más duras de Yosemite.


El desafío de las altitudes extremas se materializaría en el inicio de los noventa. En distintos intentos, tres mujeres, Amaia Aranzabal, Pili Ganuza y Yoli González cruzarían el umbral mítico de las cotas de ochomil metros en el Cho Oyu, despejando también al montañismo femenino vasco los horizontes del gran Himalaya


Ya no tienen que ir al amparo de sus maridos, padres o hermanos, ya pueden usar pantalones, ya pueden hacerlo todo, pero, afortunadamente, todavía queda mucho por hacer 


Artículo escrito por Antxon Iturriza y publicado en Junio de 2000 en la revista de EMAKUNDE.


 


Fotos: 


1- Grupo de mujeres en la cumbre del Hernio en 1912 (Archivo P. Ruiz de Arcaute)⁣⁣


2- Raimunda Royo en Arrate, 1930, primera mujer en completar el concurso de Cien Montes (Archivo A. Bandrés)⁣


3- Archivo Maritxu Urreta


4- La irundarra Julene Etxenike en la cumbre del Naranjo (Picu urriellu), 1951 - Archivo J. Etxenike


5- Archivo Loli López Goñi


 


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Ver revista de JUNIO-2000: https://www.emakunde.euskadi.eus/contenidos/informacion/sen_revista/es_emakunde/adjuntos/revista.emakunde.39.pdf


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