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EL CLUB VASCO DE CAMPING EN EL CONSEJO DE MINISTROS

EL CLUB VASCO DE CAMPING EN EL CONSEJO DE MINISTROS

En el clima de desconfianza permanente hacia el montañismo que mantenía el régimen franquista, el proceso más largo y conflictivo de nacimiento de una sociedad alpina fue, sin duda, el del donostiarra Club Vasco de Camping.


No gustó desde el principio a Peciña y a Sopeña ni su nombre ni la personalidad de algunos de sus integrantes. “Dada la existencia en lengua castellana de la palabra “acampada”, está de más bautizar a este club nuevo con otra extranjera”, alegaba el dirigente guipuzcoano.


Respecto a sus promotores, Peciña sospechaba que eran “quienes habían intentado resucitar sin éxito el club Montañeros Vascos, existente en 1936 y de tendencia separatista, de manera que son los mismos perros, pero con distintos collares”, afirmaba.


Utilizando el manido recurso de que “en la capital existen ya demasiados grupos de montaña”, a principios de 1950 fue denegada la constitución del naciente Club Vasco de Camping. Pero esta vez no iban los federativos a ventilar el problema con tanta facilidad.



El 20 de mayo, una bodega de la calle de San Marcial de Donostia, propiedad de Manolo Galdona, se convertía oficialmente en la sede del nuevo club y en la imagen de recuerdo del acto se fotografiaban nada menos que tres sacerdotes. A pesar de ese aval, bastante influyente en la época, y de la destacada personalidad profesional y académica de algunos de sus integrantes, los aspirantes a campistas no se iban a librar de las sospechas de quienes velaban celosamente por la ortodoxia del sistema.


No obstante, lo que hizo encender las alarmas fue la sorpresiva legalización del club por orden directa dada desde el Ministerio de Gobernación de Madrid, al margen de la propia Federación Española de Montañismo y, consecuentemente, de sus representantes en el País Vasco.


El argumento que los promotores donostiarras habían utilizado para soslayar el veto de los dirigentes alpinos vascos era la inexistencia de una federación de “acampada”, actividad que teóricamente iba a ser la prioritaria en la nueva sociedad.


Los impulsores del CVC habían dado la primera muestra de que sabían moverse por las alturas de las cumbres y de los despachos.


Visiblemente contrariado, Peciña, a instancias de Sopeña, se dirigió al gobernador civil: “No nos cabe duda de que para salvar el obstáculo han buscado esta nueva fórmula antirreglamentaria, que perjudica a nuestra Federación”. Y, sintiéndose chasqueados, recriminaron a los promotores del CVC en un tono en el que se mezclaban la aceptación obligada de los hechos con una velada amenaza: “Habéis conseguido formar la sociedad Montañeros Vascos, pero con otro nombre, puesto que no es otra cosa la asociación recién citada. La oposición puesta por la Federación de Montañismo con la mejor voluntad montañera que cabe, de no avalar la constitución de aquella sociedad, la habéis sabido salvar, aunque no con procedimientos elogiables. De todas formas, antes de que tengamos que recurrir a los medios que están a nuestro alcance para que el mal no prospere, sería conveniente una entrevista con los responsables”.


La estupefacción de los delegados oficiales de la FEM en el País Vasco ante la arrogancia administrativa del CVC subiría todavía un grado más. A finales de octubre recibían una invitación para acudir a la inauguración del Primer Salón de Otoño de Fotografía. Exposición Internacional de Paisaje, “que tendrá lugar el día 3 de noviembre en las salas municipales de arte, organizado por este club”.


Pero el contraataque burocrático ya estaba en marcha y el 29 de septiembre de 1950 se suspendían las actividades del club por decreto de la Delegación Nacional de Deportes, exigiendo su incorporación inmediata en la Federación Española de Montañismo. Sorprendentemente, la decisión “había sido sometida a la consideración del Excelentísimo señor Ministro de la Gobernación”. Nunca la legalización de un grupo de montaña vasco había llegado tan lejos ni había levantado tanta polvareda.


El proceso seguía adelante, pero el Club Vasco de Camping ya había demostrado que tenía buenos valedores en las instancias más altas del gobierno. Un mes después, los representantes oficiales del alpinismo vasco se veían obligados a reconocer de nuevo “lo firme que habían pisado en el Ministerio de Gobernación”, cuando se supo que en el Gobierno Civil de Gipuzkoa se había recibido una orden de Madrid para que se diese por válida la constitución del club. Como último trámite, el 16 de diciembre, el CVC enviaba para su aprobación el cuadro de sus directivos, presidido por Carlos Santamaría. Era exactamente el mismo que habían remitido once meses antes y que tantas suspicacias había despertado. Por primera vez, los dirigentes del montañismo vasco se habían encontrado con un rival que les había ganado en su propio terreno.


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