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Las dos lunas del Sahara

Las dos lunas del Sahara
En el verano de 1969, al mismo tiempo que los americano alcanzaban la luna, un reducido grupo de aventureros vascos se atrevía por primera vez a cruzar el Sahara en pleno verano para llegar a escalar en las misteriosas montañas del Hoggar.
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Desde la cubierta del ferry de Málaga a Melilla cuatro aventureros, tres hombres y una mujer, se distraen con las acrobacias de una banda de delfines. Extraño modo el de acercarse a un desierto cruzando el mar, pero no era más que otra de las paradojas de aquella insólita travesía: a nadie en sus cabales se le ocurriría cruzar el Sahara en pleno verano y mucho menos hacerlo en viaje de novios.

Solamente cuatro días antes, el 17 de julio de 1969, Rosi Letamendia y Rodolfo Kirch se habían casado en Donostia y partido a la mañana siguiente con uno de los destinos más insólitos que puedan imaginarse para una luna de miel. Para hacer más atípico el planteamiento, no iban solos. Dos amigos donostiarras, Luis Abalde y Carlos Sánchez les acompañaban.

Había otra contradicción adicional en aquel entorno marino: el fin último de su itinerario no era siquiera el propio desierto, sino unas montañas que se encontraban al otro lado de la frontera de arena.

Los protagonistas del aparente despropósito habían oído hablar del Hoggar a los escaladores catalanes que en 1967 llevaron a cabo relevantes escaladas en este macizo, enclavado al sur de Argelia. Pero los catalanes habían arribado hasta sus inmediaciones en avión, escogieron la época invernal y, por supuesto, en el grupo no había ninguna pareja de recién casados.

Los vascos habían planteado realizar el viaje montados en dos furgonetas Citroen “2CV”, cuyo único acondicionamiento especial eran las lonas verdes que cubrían su techo, como protección para el calor agobiante que se preveía iban a soportar.

Una semana más tarde, la imagen del mar y de los delfines no es más que una lejana evocación refrescante en medio de los páramos calcinados que les rodean. Los dos vehículos se adentran, siempre con rumbo sur, en los altiplanos argelinos que son la tierra de nadie entre la fertilidad de las tierras costeras del Mediterráneo y la vacuidad sahariana. Atraviesan una tierra de apariencia lunar, al mismo tiempo que los tripulantes del Apolo XI están marcando por primera vez una huella humana sobre el suelo polvoriento del satélite terrestre. Rodolfo y Rosi ya tienen dos lunas: una de miel, propia y recoleta, y otra celeste, avergonzada de tener esos días tantos ojos mirándola.

Las imágenes que ven por las ventanillas de las furgonetas se van encuadrando cada vez más con la imagen que tienen del Sahara: “El paisaje se vuelve cada kilómetro que pasa más desolado, más inhóspito. Vemos algunos camellos cruzando la carretera”. Un centenar de kilómetros antes de Ghardaia se detienen en un pozo. Llenan sus cantimploras y los depósitos. En el desierto el agua equivale a la supervivencia y otros habitantes de los arenales se han acercado también al pequeño oasis. “Unos auténticos beduinos están sacando agua para abrevar sus camellos y sus rebaños de cabras. La estampa parece sacada de la Biblia. Los hombres son altos, de mirada fiera”.

Pasan por la mítica población de El Golea y continúan hacia el Plateau de Tademait. El entorno es atractivo en su infinito abandono: “La vista se pierde en todas direcciones sin encontrar otra cosa que la línea circular del horizonte. La monotonía sólo se rompe con los frecuentes espejismos que sufrimos”. Se suceden los atascos en la arena y los pinchazos. Empiezan a dudar: ¿habrá montañas más allá de aquella frontera huidiza que limita el cielo y la nada?

El calor es sofocante. Y aquello que se percibe al fondo de la vista, ¿otro espejismo? “Nada más salir del desfiladero de Arak se nos ofrece una vista grandiosa del desierto con las primeras estribaciones del Hoggar al fondo”.

Son los primeros vascos que pueden contemplar unas montañas perdidas en lo más profundo del Sahara. Al mediodía del 1 de agosto, tras haber pasado diez días cruzando la franja muerta del desierto, las dos furgonetas están entrando en las calles polvorientas del oasis de Tamanrasset.

No hay tiempo que perder. Las vacaciones, hasta las de los recién casados, son cortas Al punto de amanecer del día siguiente están preparados para salir del palmeral de Tamanrasset. El sol calienta menos a esa hora y el rodar mitiga la ansiedad por llegar al pie de las paredes de aquel extraño macizo ocre que desde tan lejos han venido a buscar.

A medida que se acercan a las montañas, los relieves se encrespan. Consultan sus referencias para identificar cada pico. Aquél es el Iharen, la cumbre escalada por primera vez por Roger Frison-Roche, allá por 1935 y también el Adriane y el Asekrem...Es un mundo extrañamente vertical en un país donde la línea horizontal diseña la estética del paisaje.

“Hemos llegado al corazón del macizo, al Atakor. Estamos a 2000 metros y las cumbres que nos rodean alcanzan casi los 3000”. Esa noche, Rosi y Rodolfo plantarán por primera vez su tienda nueva. El primer hogar de su vida en común será de lona y luna y estará situado en el centro del Hoggar.

Tres de la mañana. La temperatura sigue siendo muy cálida; el cielo, una lujuria de estrellas. Los moradores del campamento se empiezan a mover torpemente entre los pedregales en dirección al Tehoulag sur. Hasta las seis no abordarán la escalada que trazó Lionel Terray. La roca es buena, los pasos fuertes. Suben rápidos, como la temperatura, que al mediodía alcanzará 42º C. Los cuatro han escalado en muchos entornos alpinos, pero nunca han percibido las sensaciones que transmiten la roca y el aire sofocante del desierto. Sudan, se deshidratan, agigantan una sed que sólo podrán mermar con el agua de aquel pozo que les ha mostrado una monja francesa y al que van a beber cabras y asnos salvajes y en el que flotan ahogados decenas de mosquitos.

De pronto, Rosi ha oído un ruido extraño. Alza la vista y lo que contempla le estremece: “Una gran roca, a la que se halla asido Rodolfo, empieza a despegarse de la pared. Rodolfo cae de espaldas quedándose detenido a unos tres metros. Reaccionando inmediatamente, pega un bote; una décima de segundo más tarde, la roca, de unos 300 kilos de peso, se aplasta en el mismo lugar, continuando su caída hasta el fondo del cañón con un gran estruendo”. No ha pasado nada, pero podía haber pasado todo. El susto discurre como una anécdota que comentarán a la noche en torno al hornillo que calienta el té de la cena.

Al día siguiente subirán hasta la ermita del Padre Foucauld, el enclave que es el ombligo sentimental del Hoggar. Los cuatro viajeros vascos admiran desde aquella atalaya mística el mismo panorama que había extasiado al misionero francés. Al contraluz de la tarde, las montañas parecen fantasmas que se levantaran de sus tumbas de arena y piedra. El aire flota silente y contiene la respiración en el atardecer cristalino del desierto. El paisaje de la luna, por el que andan en aquellos días los astronautas americanos, debía asemejarse algo a lo que tenían frente a sus ojos.

“Los crepúsculos en el Hoggar son hermosamente breves. En pocos minutos, no más de media hora, pasamos del día más radiante a la noche más oscura (...). Durante unos minutos, las montañas destellan reflejos rojizos, tornándose aún más bellas y una luz extraña transforma este paisaje abrupto y lunar haciéndolo más humano, más acogedor.

En esos momentos nadie de nosotros habla en voz alta; todos nos sumimos en el interior de nuestros pensamientos”.

Desde su pequeña tienda observan en la mañana nueva los perfiles cónicos del Ilamene, que pretenden escalar esa jornada. La guía francesa que llevan le da una dificultad de IVº, pero el techo con el que se van a encontrar no está en la reseña. Algún desprendimiento la ha modificado.“Abordamos la única solución. Montándose Rodolfo sobre los hombros de Luis consigue forzar el paso. Una vez arriba, nos ayudará a subir a los demás”.

En el transcurso de la escalada el cielo se ha ido encapotando. Cuando llegan a mediodía a la cima, un gran chaparrón está cayendo sobre ellos. ¡Ironías del desierto!

Unos días después, los cuatro vascos inician el camino de vuelta. Las dos furgonetas enfilan la inquietante ruta de Djanet, que cruza el Gran Erg Oriental. El itinerario tendrá toda la magia y dureza de las travesías saharianas. “Cada vez que las ruedas se entierran en la arena tenemos que descargar la furgonetas y transportar sus 200 kilos de carga hasta terreno firme. La arena arde. Sobre la chapa bien podría cocerse un par de huevos”.

La luna de miel de Rodolfo y Rosi está ya en menguante. La que cuelga del cielo, también. Cada noche del regreso, mientras preparan los sacos para dormir, su luz azulea el misterio de los páramos desérticos. Los cuatro aventureros la contemplan y entre largos silencios se preguntan, al igual que aquel tuareg de Tamanrasset: ¿será verdad que alguien ha estado caminando por allí arriba?


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