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EVEREST EN EL AÑO DEL TIGRE

EVEREST EN EL AÑO DEL TIGRE

El 28 de julio de 1972, en la embajada en París del Reino de Nepal se escribía una carta dirigida a Mr. José Antonio Odriozola, “President of the Spanish Federation of Mountaineering”. Su texto, traducido al castellano decía: “Tengo el gran placer de informarle que el Gobierno de su Majestad el Rey de Nepal ha concedido su permiso a la Federación Española de Montaña para el ascenso del Everest en el periodo de la primavera de 1974”.

El destino final de aquella autorización no era la calle Alberto Aguilera de Madrid a la que iba a ser remitida, sino una dirección de Gasteiz, a donde finalmente llegaría a mediados del mes de agosto.

Todo había empezado el verano de 1969 de una forma casi intrascendente, cuando Juan Ignacio Lorente, Juan Carlos Fernández y Ángel Rosen, fantaseaban en medio de la calle Dato sobre el destino de una hipotética expedición. Dos años antes habían superado con suficiencia el reto de los Andes, alcanzando tres cumbres vírgenes de casi seis mil metros. La próxima vez podrían ir a alguna montaña más alta, pensaban.

¿Y... POR QUÉ NO A LA MÁS ALTA....?.

Juan Carlos había leído el libro “Quatre hommes contre l´Everest” de Woodrow Sayre y ya andaba desde hacía algún tiempo con la idea dándole vueltas en la cabeza. Poco después, los tres salían de una librería con una carpeta azul debajo del brazo, en la que habían escrito una sola palabra: “Everest”.

Desde aquel momento, la carpeta de cartón azul había ido engordando con mapas, documentación y correspondencia cruzada con alpinistas de todo el mundo. Pero la pieza clave que convertía aquel amontonamiento de papeles en un proyecto verosímil era la carta que había llegado de París. Sin embargo, en la comunicación del Gobierno de Nepal no se citaba un dato que los acontecimientos futuros convertirían en determinante: 1974 iba a ser en el calendario tibetano el año del Tigre.

Muchas circunstancias habían tenido que concurrir para que llegara a sus manos un permiso oficial de escalada en el Everest. Conseguir la aceptación de Juanito Zelaia para que la marca Tximist aportase el presupuesto de la expedición, estimado en una cifra tan elevada para la época como trece millones de pesetas, resultó sorprendentemente sencillo, gracias al talante cómplice del financiero oñatiarra. En otros ámbitos oficiales, en cambio, el tránsito había de resultado mucho más escabroso.

Cuando en 1970 habían iniciado las gestiones, en la presidencia de la Federación Española de Montañismo se mantenía Félix Méndez, cuya actuación había desencadenado la profunda crisis que afectó al montañismo vasco a finales de 1967. La secuela de estos hechos seguía pesando en las altas instancias del gobierno, que veían con patente recelo que la solicitud de ascenso al Everest estuviera suscrita por los mismos protagonistas del contencioso de la ikurriña.

En la Federación Vasco Navarra de Montañismo tampoco podían esperar los futuros expedicionarios posturas favorables. Su máximo responsable, el vizcaíno Ángel Zala, había manifestado repetidamente su antagonismo con los promotores del proyecto, a los que había calificado como “montañeros despechados”.

Pero los hilos de los hechos se iban a trenzar en un sentido inesperado: los fuertes movimientos de oposición surgidos contra Méndez en un sector influyente del alpinismo castellano propiciaron su relevo a principios de 1971. Su sucesor sería el cántabro José Antonio Odriozola, que se iba a convertir en un aliado determinante de las ambiciones, para muchos descabelladas, del que seguía siendo conocido como “el grupo de los Andes”.

Ya sin apoyos en Madrid, Zala se había visto también empujado a dimitir, dando lugar a la elección de Paco Iriondo, que desde el primer momento se mostró decididamente a favor del ambicioso proyecto.
De manera inopinada, una lucha interna en el seno del montañismo castellano había allanado de manera decisiva el camino de los vascos hacia el Everest.

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LA LARGA MARCHA

En la primavera de 1971, Txomin Uriarte había viajado a Katmandú para gestionar directamente la concesión de uno de los dos únicos permisos que cada año concedían las autoridades nepalíes para escalar el Everest.
Completaba así un periplo que le había llevado previamente a entrevistarse en Ginebra con Raymond Lambert, el suizo que en 1952 había estado a punto de alcanzar el Everest, y en Munich con Karl Herrligkoffer, el promotor de buena parte de las expediciones germanas al Himalaya. Existía una información lo suficientemente escasa y difusa como para tener que ir a buscarla
a sus mismas fuentes.

Pocos días después, Txomin Uriarte ascendía con emoción por el valle de Khumbu intentando memorizar cada detalle del camino que pudiera ser útil si un día la expedición vasca al Everest llegaba a ser una realidad. Namche Bazar, Thyangboche, Ama Dablam, Periche..., nombres que recordaba de la lectura del libro de John Hunt se hacían tangibles ante sus ojos a medida que se aproximaba hacia el emplazamiento del campo base.

Después de superar una pendiente pedregosa y antes de pisar los arenales que rodean Gora Shep, Uriarte descubrió en toda su descomunal dimensión la pirámide oscura del Everest. Era el primer vasco que podía contemplar tan próxima la montaña más alta del mundo. Una mezcla de sentimientos de emoción y temor invadió su ánimo ¿Conseguiremos algún día llegar hasta allá arriba?, se preguntó.

Tres años más tarde, en marzo de 1974, el propio Uriarte recorría de nuevo los mismos caminos. Esta vez no iba solo: le seguía una interminable hilera de más de seiscientos porteadores y catorce compañeros de aventura. Sus nombres eran Juan Ignacio Lorente, Luis Mari Abalde, Alfonso Alonso, Juan Cortazar, Juan Carlos Fernández de la Torre, Ricardo Gallardo, Rodolfo Kirch, Ángel Landa, Paco Lusarreta, Ángel Rosen, Luis Mari Sáenz de Olazagoitia, Felipe Uriarte, Julio Villar, Fernando Larruquert y Ángel Lerma, los dos últimos como realizadores de la película que se pretendía filmar.

La que ya se conocía como expedición Tximist al Everest era una realidad gracias a las ayudas de unos y a las complicidades de otros.

La marcha de aproximación se había iniciado en Lukla, el pequeño aeródromo del valle de Khumbu en el que aterrizaban malamente las avionetas procedentes de Katmandú. Juan Ignacio Lorente, jefe de la expedición, sabía mejor que nadie que llegar hasta allí no había sido fácil. La suerte de la expedición había estado en dos ocasiones debatiéndose sobre la mesa del Consejo de Ministros y él mismo, junto a Ángel Rosen, había sido llamado a una entrevista con Marcelino Oreja. El entonces ministro de Asuntos Exteriores les había inquirido sin rodeos: “¿La suya que va a ser una expedición vasca o española?”. Lorente había respondido con diplomacia: “Bueno, nosotros somos de Vitoria...”.

Unas pocas semanas antes de la partida, en las esferas más ortodoxas del gobierno todavía se dudaba de la conveniencia de conceder a los expedicionarios los visados precisos para salir del país. Había surgido entonces la postura decidida y decisiva de Odriozola. El presidente de la FEM amenazó con su propia dimisión y con hacer públicas las razones profundas de la prohibición que se quería imponer a los alpinistas vascos.

Finalmente, el mismo día en que el presidente del que sería último gobierno de Franco, Carlos Arias Navarro, daba a conocer en las Cortes de Madrid un tímido proyecto de apertura del régimen, que quedó definido en las crónicas políticas con el nombre de “el espíritu del 12 de febrero”, los miembros de la expedición habían podido partir de Barajas rumbo al Himalaya.

No obstante, esta vez el régimen se había tomado una cautela: enviarían con la expedición al periodista José María Calle, redactor jefe de la agencia Alfil, con el cometido oficial de informar sobre el desarrollo de la expedición, aunque todos eran conscientes de cuál era la razón última de su presencia al pie del Everest.

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SOLOS BAJO LA GRAN MONTAÑA

En el diario de la expedición, Juan Carlos Fernández de la Torre anotaba el 24 de marzo: “Salida de Lobuche y llegada al campo base. Altura, 5400 metros. Se monta el campamento de forma dispersa, ya que el terreno no permite otra cosa”.
No venían todos. Unos días antes, Paco Lusarreta se había tenido que despedir de la expedición y emprender el regreso a Katmandú a causa de una infección amebiana. El momento había resultado especialmente duro para todos. Solo y enfermo, el donostiarra empezó a descender hacia Thyangboche seguido por la mirada apenada del resto de sus compañeros. Tras haber pasado cinco años soñando con llegar al pie del Everest, se tenía que retirar cuando faltaba una sola jornada para lograrlo.

La localización del campo base en la morrena de Khumbu podía pasar por uno de los lugares más inhóspitos del mundo, de no ser por el cerco de montañas que lo asediaban por todos los rumbos. El Pumori inmediato y piramidal; más lejos, en la hendidura del valle, las siluetas del Cholatse y Tawetse y, casi sobre las cabezas de los vecinos circunstanciales del campo base, el Nuptse y el Lhotse. El gran Everest se escondía tras un sesgo de sus contrafuertes. No había nadie más que ellos en la montaña. Los tiempos de la masificación de este ruta estaban todavía lejos.

En este entorno fue levantada la fugaz aldea de lona de la expedición vasca, delimitada por las cuerdas de las que colgaban al viento las banderas de oración que habían colocado los sherpas. La crónica que enviaba Calle precisaba que “la bandera rojigualda de España y la enseña de la firma patrocinadora Tximist ondean en un mástil del campo base de la primera expedición española al Everest”.
(Norte Express, 9-5-74)

A partir de aquella jornada los medios informativos vascos permanecerían atentos al avance de la expedición por las laderas del Everest, compartiendo actualidad con las victorias contundentes de Urtain en los cuadriláteros. El 25 de abril, al tiempo que en Portugal despertaba la “Revolución de los claveles” a los acordes de “Grándola vila morena”, los titulares de los periódicos publicaban los planes inmediatos de la expedición: “Esperamos estar en la cima a primeros de mayo”.

Para entonces, la Tximist había ya conseguido equipar la caótica Cascada de Hielo y la pared del Lhotse hasta 7450 metros. En ese punto quedaba instalado el campo IV, el que los sherpas conocían como “campo maldito”, por el riesgo de avalanchas que implicaba su emplazamiento.

Rosen describía la angustia de las noches pasadas en sus tiendas. “En más de una ocasión me desperté sobresaltado escuchando el ruido de la caída de algún serac próximo o de una avalancha más o menos cercana. A los pocos instantes, el viento desplazado por el alud golpeaba la tela de la tienda y temías que detrás viniese la nieve. Después silencio. No había pasado nada. Deseabas dormir profundamente y no escuchar nada. A la mañana siguiente observabas dos o tres lenguas de nieve caída que se habían detenido a unos cuantos metros del campamento”. (Rosen, A.«Impresiones sobre un intento al techo del mundo». Pyrenaica, nº 4 (1974): 36).

Las noticias enviadas por el periodista Calle, desde el campo base llegaban con varios días de retraso en la prensa vasca. Así, el día 10 de mayo se supo que el día 4 Julio Villar había conseguido alcanzar por fin el Collado Sur, la auténtica puerta de la cumbre. Era la primera vez que un vasco cruzaba la barrera de los ocho mil metros. “A las seis de la tarde Villar comunicaba la espléndida noticia y, lo que es más importante, había conseguido equipar con cuerdas fijas los tramos difíciles y peligrosos. En resumen, que para el sábado, (día 11), Rosen y Uriarte pueden haber alcanzado para España la cumbre del Everest”. (La Voz de España, 10-5-74)

Para entonces ya se sabía que la expedición catalana había alcanzado la cumbre del Annapurna.
La expectación y la incertidumbre aumentaban a medida que la expedición se acercaba a su desenlace y, ante el desfase con que se publicaban los acontecimientos que ocurrían en el lejano Himalaya, Calle se veía en la necesidad de actualizar sus crónicas. En la que se publicó el 16 de mayo especulaba: “Quizás cuando esta crónica llegue a la letra impresa, la bandera de España esté en la cumbre compartiendo puesto en el piolet de Rosen y Uriarte con las banderas de Nepal y la enseña de la Tximist”. (La Voz de España, 16-5-74).

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UNA TIENDA A 8530m.

Al mismo tiempo que el mail runner de la expedición, corría con ese mensaje hacia el aeródromo de Syagboche, desde donde sería enviado a Katmandú, en las laderas más altas del Everest se iba a escenificar el desenlace de la expedición Tximist.

A las cuatro de la tarde del día 12, Ángel Rosen y Felipe Uriarte alcanzaban el emplazamiento del que iba a ser el sexto y último campo. Se encontraban a 8530 metros de altitud y un viento fuerte soplaba de la vertiente del Tibet.
Con la ayuda de los sherpas que habían transportado las botellas de oxígeno asentaron la plataforma para montar la pequeña tienda que llevaban. Más abajo se podían ver los cilindros vacíos de anteriores expediciones. Poco después, los sherpas iniciaban el regreso hacia el collado sur y los dos alpinistas se quedaban solos sobre la arista más alta del mundo.
Qué sensación extraña. Acampados allí donde lo habían hecho Hillary y Tensing, con todo el peso de la altitud y de la historia sobre sus espaldas, sintiendo que en el planeta no había nadie ni nada por encima de ellos: sólo la cabeza cercana de aquel Everest hasta la que únicamente habían llegado alpinistas de ocho expediciones.

“Al caer la tarde, el tiempo mejoró, se abrieron las nubes y, aunque el viento que soplaba era considerable, abrigábamos la esperanza de que cediera por la noche. Éramos como dos hormigas agarradas a un puntiagudo pastel de nata. Teníamos al alcance de nuestra vista y ya habían quedado por debajo nuestro montañas bellas y famosas. Makalu, una fría y monumental piedra que veíamos por primera vez; el Lhotse y el Nuptse, con cuyas formas ya estábamos familiarizados. Al asomar la cabeza desde donde estábamos, la vertiente norte, en un salto vertical de casi tres mil metros, moría en las morrenas de los glaciares tibetanos, luego una llanura verde, atrayente...”.

Mientras tanto, en el campo base se vivían momentos de ansiedad. Txomin Uriarte, Julio Villar y el sherpa Chotaren habían previsto salir a las cinco de la mañana siguiente hacia la cercana elevación de Kala Pattar. “Desde allí podremos ver a Ángel y a Felipe en la cumbre. Haremos señales con un espejo para indicar el momento en que pisan la cima”.

Flotando en el aire enrarecido de la altitud extrema, Rosen y Uriarte se cobijaron en los sacos y aguardaron con ansiedad a que se aproximara la madrugada del que podía ser el día más grande o más triste de su vida de montañeros.

“A las dos y media de la madrugada, cuando nos despertamos, el viento sacudía nuestra tienda a pesar de encontrarse muy protegida (...). Hacia las tres y media hicimos el primer intento por salir hacia la cumbre. Se nos cayó el mundo encima al ver que ni siquiera podíamos mantenernos de pie al lado de la tienda”.

La noche era limpia, sin una sola nube, salvo el halo fantasmal que formaba el viento sobre la cabeza del Everest, arrastrando polvo de nieve y diminutos cristales de hielo. “Era todavía muy pronto y conservábamos la esperanza de que amainase. Fue en vano. Hasta cerca de las once de la mañana estuvimos aguardando una situación más propicia. Aquello no hacía sino empeorar. No tuvimos la mínima oportunidad ni de intentarlo; avanzar hacia la cumbre, una utopía. Optamos por lo único que podíamos hacer....”.

En ese momento ni ellos ni ningún otro miembro de la expedición se acordaba de que estaban en el año del Tigre y de que en el calendario tibetano se había augurado “vientos y poca nieve”.

Iniciaron el descenso sin botellas de oxígeno, que dejaron para un posible ataque posterior, lastrados por una frustración infinita: “Cuatro horas; sólo hubiéramos necesitado cuatro horas de buen tiempo para llegar a la cumbre; sólo cuatro horas, cuando llevábamos tres meses trabajando ininterrumpidamente. ¡ No era justo!...”, se revelaba Rosen ante su mala fortuna.

Carentes del apoyo del oxígeno, el regreso hacia el Collado Sur se convirtió en un calvario. El tramo en el que subiendo habían empleado cuatro horas y media, al regreso al campo V les iba a costar el doble. Uriarte tenía dos dedos de la mano con síntomas de congelación.

Quedaban todavía más opciones. “Gallardo y Abalde intentarán hoy conquistar el Everest”, comunicaba el cronista el 16 de mayo. (La Voz de España 21-V-1974).

El día 25 Kirch, Villar y Gallardo, con dos sherpas, aguardaban en el Collado Sur una oportunidad para avanzar hacia el último campamento. Gallardo llevaba ya cuatro días a ocho mil metros. Ningún ser humano había soportado hasta entonces tanto tiempo a esa altura.

El parte meteorológico especial de la radio india, que diariamente captaba Txomin Uriarte, había dado para el día 20 una previsión preocupante: “Viento de 60 kilómetros por hora a cuatro mil metros, aumentando progresivamente en altura hasta alcanzar la velocidad de 140 a nueve mil metros”. El Tigre seguía rugiendo desde el Tibet.

En el diario de la expedición de la jornada siguiente, Juan Carlos Fernández de la Torre escribía: “El tiempo ha empeorado notoriamente. Suponemos que es el monzón”.

Esa misma tarde se tomaba la decisión de abandonar los intentos.
Como le ocurriera a Espinosa cuarenta años antes, los expedicionarios de la Tximist habían intentado adelantar el reloj de la historia sin conseguirlo.

Los días siguientes serían tristes en el campo base. Embalar ilusiones siempre resulta penoso. En aquellos momentos de abatimiento, antes de que los sherpas hubieran descolgado las últimas banderas de oración que protegían el campamento, los expedicionarios vascos ya habían adoptado una decisión: volverían a intentarlo.

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Informazioa: «Historia testimonial del montañismo vasco. Tomo II. De los Pirineos al Himalaya ». Antxon Iturriza -
Pyrenaica (2005)
Argazkia: Tximist Bilduma.Más info: www.pyrenaica.com/publicaciones


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